-Incluso antes de diciembre, el año pasado, cerca a mi cumpleaños, me dio por escribir sobre las cadenciosas noches de barrio donde aprendí que a pesar de las dificultades en mi barrio la vida era bailable. Relato-
La cama es inmensa. Ocupa casi la totalidad del cuarto. Las sombras caen entrecortadas sobre mi rostro; se proyectan en líneas por el efecto amarillo de la luz que viene desde la calle. Mi viaje transcurre entrando y saliendo de la consciencia. Tengo cuatro años. Mis padres son sólo sonrisa. Y amor. Hay mucho amor en cada cuadro que ha compuesto la vida de esta joven familia. Yo soy el primogénito, El mayor de Margarita, como dice una señora extraña que acaba de interrumpir la entrecortada sombra para introducir un único e inmenso baño de luz que agota mis ojos.
Me saca bruscamente del sueño. En ese momento la banda sonora de mi sueño deja de ser módulos de acordes oníricos, y se transforma en lo real. Soñaba con la música tropical que, afuera de la habitación, bailaban mis padres. La señora buscaba su bolso en compañía de la otra silueta gorda que hace las veces de anfitriona de la fiesta. Es 1984, ya casi diciembre; el primer baile al que vienen mis papás después de nacer mi hermanita. Yo aún no sé si estoy en Campo Valdés en casa de una tía, o en Girardota, en cama de alguna vecina de bigote y piernas reventándose. Lo cierto es que, junto conmigo, hay otros niños, con los ojos encharcados algunos, porque en medio de la noche -del baile- han llorado asustados por encontrarse en una cama extraña en compañía de extraños. Siempre el cansancio de los juegos siempre podía más, y terminaba por vencerlos de sueño.
Con la cara tallada, salgo a la sala. Mis papás bailan una canción llena de cadencia ("...es el humo del cigarrillo el que me hace llorar..."). Al verme, sonríen entre ellos, y luego me regalan esa sonrisa. Me aman. Pero yo en ese momento no sabía qué era eso; sólo sabía que los grandes bailaban cuando estaban felices. Pero, la verdad, en ese momento no entendía mucho cómo pueden bailar con tanta felicidad una canción tan triste. Yo de palabras aún no sabía mucho, pero me alcanzaba para saber que este cantante tiene un dolor, un dolor profundo. Quiere ponerse a beber, fumar un cigarrillo. Y yo sólo pienso todo lo que pelea mi mamá cuando mi papá fuma.
Ahora recuerdo la escena como la típica en la que los padres arruman a los niños en un mismo cuarto, apagan la luz, y se dedican a bailar en la sala de la casa. Pero yo pocas veces me quedaba dormido; sólo permanecía quieto para no incomodarlos. No dormía; pensaba; es más: sentía. Sentía cada palabra de esos señores que en mi mente imaginaba con trajes elegantes en el Show de Jimmy todos los jueves.
Los recuerdos que tengo de mi niñez están indisolublemente asociados al baile. Al baile de los grandes. Los tíos, los amigos de mis papás y los abuelos. De hecho, un signo de que alguno de nosotros ya iba creciendo era verlo bailar con las tías o, eventualmente, con las primas. Al fin y al cabo, los seres humanos bailamos, entre otras razones, para mostrar-nos que estamos vivos. A pesar de todo.
Yo me quedaba en silencio, algunas veces fastidiado por la respiración tosca de alguno de los niños. Y hasta a mí llegaban los sonidos de la música. Escuchar música cuando no tienes otra distracción visual o corporal es casi como inyectársela. Así que yo me inyecté muchas veces música; música tropical, para más señas. Y por eso ninguna de las otras músicas que he escuchado después vive inmanente en mí de la misma manera que esta música. Ya cuando llegaba a niveles de desespero, me metía debajo de las camas; y hasta allí llegaban los sonidos del caribe, y me envolvían. Las notas del bajo tienen esa asombrosa capacidad de metérsele a uno por el cuerpo como vueltas de taladro. Era, para efectos prácticos, una suerte de secuestro: inmóvil, viajé por toda clase de desventuras de cantantes cuyas sentidas letras me informaron de que el mundo no siempre sería fácil. Recuerdo el frío de las baldosas conmoverse con los ataques del bajo y la percusión.
Y así, baile tras baile fui llegando a la adolescencia; en esa época tampoco bailé. Comezaban los años noventa, y con ellos toda la dificultad generacional que significaba vivir sin que la violencia nos tocara. A veces, los bailes se veían interrumpidos por algún tiroteo. En Castilla y Campo Valdés, donde vivía mi familia, o sea, donde bailaban mis tíos, era frecuente que el cálido ambiente de un baile familiar se viera entrar en tensión cuando un bandido del barrio entraba, saludaba y se quedaba para compartir unos aguardientes. Cómo puedes pedirle al hijo de tu vecina de toda la vida que se vaya de tu casa si, en buena medida, ésa es también su casa. Desde entonces los bailes se hicieron a puerta cerrada, para evitar las tensiones que tuvimos en los quince de mi prima Mónica. Esa vez, mi tío Enrique, en el balcón de su casa, diagonal al baile, aguardaba con el revólver entre las piernas si había algún movimiento raro.
Por aquel entonces salí de debajo las camas, y me instalé en las salas. Y la música seguía entrándome. Los aires musicales habían cambiado. Ya las secuencias y los sintetizadores configuraban la atmósfera de los sonidos que llegaban hasta mí. Para ese momento ya mis primos bailaban en sus quinces y en cuanta fiesta adolescente se armaba en el barrio. Yo me quedaba mirando por las ventanas. Y soñaba enamorarme y bailar con mi amada. Soñaba besarla y sentirla en ese cuerpo mío, extraño, cuya voz se fue tornando cada vez más gruesa. Soñaba enamorarme. Y bailar. Tanto, que para mí, enamorarse y bailar siempre fueron dos momentos de una misma situación: vivir. Creo entonces que de la mano de estas canciones me hice, sin saber, a la idea de que vivir era una cosa parecida al fluir de la música.
Esos bailes de mis primos, por lo general, se planeaban en la tarde, después de una comitiva. Yo pocas veces participaba. Pero sí recuerdo su manera de mirarse a la cara y sonreír, en un acto que intercambiaba la mirada al rostro y a los zapatos del otro. Muchos de los que bailaban se gustaban entre sí, pero esperaban el momento del baile para declararse. Qué bonita palabra, vengo a entender ahora: declarar-se. Entré a hacer fila para enamorarme desde que veía a los muchachos de mi barrio bailar; bailar era una acción más que encadenaba en un circuito más extenso de rituales: dedicar canciones, escribir cartas, perfumar esquelas, caminar juntos, ver películas el fin de semana, y un etcétera bastante barrial, lleno de cursilerías plenas de sentido. Esperé que mi llegada a grande tuviera muchas noches de baile y un gran amor. Esperé desde entonces crecer para vivir esa fiesta que era vivir-bailar-enamorarse. El tiempo me ha demostrado que, aunque luego sí fui capaz de bailar, no pude aprender luego vivir el sueño endulcorado del amor. Me he enamorado, y a veces ha sido bonito, pero nunca como en los brumosos sueños que construí al calor de la música baiable.
