Versión 1.0
Compréndeme. Compréndeme tú. No, eres tú quien no me entiende. Siempre dices lo mismo, pero has sido tú quien nunca ha entendido mi mundo. Pero cuál mundo, si yo no lo conozco siquiera. Cómo lo vas a conocer si cuando te lo expuse te fumabas un cigarrillo. Veía una película, y siempre el cine requiere de mí un cigarrillo. Veías la película que yo te quería mostrar. ¿Ah sí?. Sí, te pedí que vieras esa película, que la viéramos porque ahí mostraban una manera de vivir el mundo sin ser un tipo extrovertido, especialmente extrovertido, y que aun eso, era original. Es una película fofa. Pero ése soy yo, y precisamente para eso quería que la vieras, porque ahí me veo yo. Pero te ves horrible. Exacto, entonces, cómo quieres que te comprenda si tú no haces el ejercicio; tan sólo se te ocurrió fumar un cigarrillo. ¿Por qué no me llamaste la atención?. Lo hice. ¿Cómo lo hiciste?. Me fui. Siempre haces eso. ¿Qué?. Irte; te vas cuando es más necesario que estés. En dónde iba a estar… Ahí, viendo la película conmigo. Pero si no la estabas viendo. Era más entretenido fumar, además la película ya me la había visto; ¿te acuerdas?: éramos novios, y la vimos en cine. Yo no me acordaba de eso, sin embargo, supe que la había visto hacía mucho tiempo y quise que me vieras en ella. Pero cómo te voy a entender si siempre olvidas lo que es importante; además, te vas en los momentos decisivos. ¿Y es que sabías que era un momento decisivo para mí? No, para ti no, para mí. Qué egoísta eres. No, qué egoísta eres tú. No, tú más egoísta: te quería mostrar mi película y te fumaste un cigarrillo. Así soy yo. Tienes razón, así eres, eres egoísta. Lo siento, es que no me entiendes. Eres tú quien no me entiende, a lo sumo me usas: querías sentarme a ver tu película, esa que te explica, y que permitiría entenderte; yo fumé un cigarrillo porque es lo que me demanda el cine, y tan sólo te fuiste. No es una demanda del cine, es una demanda tuya, que por cierto me molesta. A mí me molestó más que no hubieras captado: fumé un cigarrillo viendo la “película de tu vida”, ésa que te explica. Pero lo fumaste porque te parece aburrido. No me interrumpas más: lo fumé -continúo- porque te quería decir que no me importaba cómo fueras, que me daba igual, que así te quería, y punto. Yo no resistí viéndote indiferente frente a mi película. ¿Ves, eres tú quien no me ha entendido?. Sí te entiendo, y podría demostrártelo, pero se me acabó el tiempo. Eres demasiado racional. Se me acabó el tiempo; el ejercicio consistía en escribir de seguido durante diez minutos, y ya han pasado doce. ¿Ejercicio?. Sí, un amigo me dijo que podría ejercitarme en eso de escribir si era capaz de hacerlo de corrido sin preocuparme por ningún orden lógico, ni coherencia alguna, durante diez minutos. Pero en este diálogo hay coherencia, no tiene nada de ilógico, eres un racional siempre, siempre. Tú no puedes decir eso, porque no existes, estás sólo en mi imaginación. Eso crees. No lo creo, lo sé. No lo sabes, lo sospechas. Trece minutos, adiós.
*Hace algún tiempo, Carlos E. me dijo que una manera de ejercitar la escritura era sentarse a vaciar palabras durante diez minutos sin parar, sin importar la falta de coherencia del texto. ¿El resultado?: algo bastante racional... mucho más de lo que me hubiera gustado.
Carlos Andrés,
Marzo 9-2005.
Compréndeme. Compréndeme tú. No, eres tú quien no me entiende. Siempre dices lo mismo, pero has sido tú quien nunca ha entendido mi mundo. Pero cuál mundo, si yo no lo conozco siquiera. Cómo lo vas a conocer si cuando te lo expuse te fumabas un cigarrillo. Veía una película, y siempre el cine requiere de mí un cigarrillo. Veías la película que yo te quería mostrar. ¿Ah sí?. Sí, te pedí que vieras esa película, que la viéramos porque ahí mostraban una manera de vivir el mundo sin ser un tipo extrovertido, especialmente extrovertido, y que aun eso, era original. Es una película fofa. Pero ése soy yo, y precisamente para eso quería que la vieras, porque ahí me veo yo. Pero te ves horrible. Exacto, entonces, cómo quieres que te comprenda si tú no haces el ejercicio; tan sólo se te ocurrió fumar un cigarrillo. ¿Por qué no me llamaste la atención?. Lo hice. ¿Cómo lo hiciste?. Me fui. Siempre haces eso. ¿Qué?. Irte; te vas cuando es más necesario que estés. En dónde iba a estar… Ahí, viendo la película conmigo. Pero si no la estabas viendo. Era más entretenido fumar, además la película ya me la había visto; ¿te acuerdas?: éramos novios, y la vimos en cine. Yo no me acordaba de eso, sin embargo, supe que la había visto hacía mucho tiempo y quise que me vieras en ella. Pero cómo te voy a entender si siempre olvidas lo que es importante; además, te vas en los momentos decisivos. ¿Y es que sabías que era un momento decisivo para mí? No, para ti no, para mí. Qué egoísta eres. No, qué egoísta eres tú. No, tú más egoísta: te quería mostrar mi película y te fumaste un cigarrillo. Así soy yo. Tienes razón, así eres, eres egoísta. Lo siento, es que no me entiendes. Eres tú quien no me entiende, a lo sumo me usas: querías sentarme a ver tu película, esa que te explica, y que permitiría entenderte; yo fumé un cigarrillo porque es lo que me demanda el cine, y tan sólo te fuiste. No es una demanda del cine, es una demanda tuya, que por cierto me molesta. A mí me molestó más que no hubieras captado: fumé un cigarrillo viendo la “película de tu vida”, ésa que te explica. Pero lo fumaste porque te parece aburrido. No me interrumpas más: lo fumé -continúo- porque te quería decir que no me importaba cómo fueras, que me daba igual, que así te quería, y punto. Yo no resistí viéndote indiferente frente a mi película. ¿Ves, eres tú quien no me ha entendido?. Sí te entiendo, y podría demostrártelo, pero se me acabó el tiempo. Eres demasiado racional. Se me acabó el tiempo; el ejercicio consistía en escribir de seguido durante diez minutos, y ya han pasado doce. ¿Ejercicio?. Sí, un amigo me dijo que podría ejercitarme en eso de escribir si era capaz de hacerlo de corrido sin preocuparme por ningún orden lógico, ni coherencia alguna, durante diez minutos. Pero en este diálogo hay coherencia, no tiene nada de ilógico, eres un racional siempre, siempre. Tú no puedes decir eso, porque no existes, estás sólo en mi imaginación. Eso crees. No lo creo, lo sé. No lo sabes, lo sospechas. Trece minutos, adiós.
*Hace algún tiempo, Carlos E. me dijo que una manera de ejercitar la escritura era sentarse a vaciar palabras durante diez minutos sin parar, sin importar la falta de coherencia del texto. ¿El resultado?: algo bastante racional... mucho más de lo que me hubiera gustado.
Carlos Andrés,
Marzo 9-2005.
