Conversaciones hologramáticas

Tiempo-pensamiento-lenguaje: me estoy preguntando por ustedes
Versión 1.2




Carlos Andrés Arango Lopera



Llegar a los veinticinco años trae sus consecuencias. Yo lo sabía desde los 19. En aquel año, 1998, hice todo lo posible para que mis amigos no me celebraran la fecha, y, aunque no fue posible, yo tenía bien claro por qué no lo quería: porque eso significaba mi pronta llegada a los 20, y dos decenas de años era demasiado para mí. No es que me sintiera viejo; es que me sentía pre-adulto. Es decir, llamado a la madurez, a la responsabilidad, a la disciplina, y a otros aspectos relacionados con la edad adulta. Desde entonces no ha sido agradable para mí cumplir años. Y si así me sentía en los veinte, qué podré decir ahora en los 25, edad que me certifica como adulto.

Recuerdo ahora que Andrés Caicedo, se suicidó a los 25 porque, según él, las personas sólo vivían experiencias nuevas hasta esta edad, pues en adelante hasta los cincuenta lo vivido se repite mecánicamente. Yo no estoy seguro de eso y mi apatía con mis 25 está más con la forma como yo me percibo, o más bien como quiero percibirme. Los psicólogos bien podrían hablar de autoimagen. Más allá del nombre, es la forma como yo quiero sentirme ante mí y ante los demás. Y de alguna manera, cuando recorro las imágenes que los demás se forjan de los seres de mi edad siento un cierto repudio con lo que resulta en dicho recorrido. De todas maneras, uno se inventa los procedimientos para reforzar esos ideales de menor edad. Y tal cosa sucede de manera reiterativamente cíclica. La redundancia va a propósito de un recuerdo: ahora pienso que una buena edad eran los 21 o los 23. En ese momento pensaba que eran los 19. En fin.

Los procedimientos que uno se inventa respecto a la edad (es una ilusión decir “inventar” porque seguramente muchos seres humanos en uno u otro momento habrán hecho cosas similares...) van en dos direcciones: una, en la cual uno genera estrategias para disminuir la percepción de la edad, y la contraria, en la que uno se da látigo. Hablemos entonces de procedimientos. En el primer procedimiento, uno dice: tal vez esté un poco mayor, pero he realizado muchas cosas con relación a mi edad. En el segundo procedimiento uno se compara con otras generaciones y/o personas con el propósito exclusivo de sentirse “viejo”. En otras palabras, primer y segundo procedimiento son algo así como zanahoria y garrote. Ahí es cuando se hacen cuentas y concluye que las generaciones que ahora entran a la universidad nacieron en la segunda mitad de la década del ochenta, cuando yo ya estaba mediando la escuela. Las reinas, modelos y jugadores de fútbol, así como una cantidad no despreciable de estrellas del cine, la televisión y la música, son bastante menores que yo. He ahí el segundo procedimiento en acción.

Los familiares también se encargan de reforzar este segundo propósito, el de recordar que uno ya está viejito, de diversas maneras. Por ejemplo, comparan la estatura de los nuevos adolescentes de la familia con la de uno. O permiten ir a sus hijos menores al centro comercial si es en compañía de uno, como prueba de que ya se está adulto-responsable, tan responsable que le delegan a sus pequeños.

El primer procedimiento, el de recrear los triunfos personales para sentirme joven no me interesa en este momento, a lo mejor por una extraña sensación que se adquiere con los años, y es la de recordar con nostalgia lo pasado. Una de las mejores señales de que inminentemente soy adulto es que disfruto constantemente más el garrote que la zanahoria. Eso significa que disfruto más del segundo procedimiento que del primero. Por eso las palabras, y gestos recogidos en ese segundo procedimiento, uno las repite en silencio constantemente. También es evidente que me gusta recordar. Y la combinación de todo eso conduce a que me dé por escribir bastante. Escribir no es sólo hundir letras en un teclado; es, en el fondo, tener la ilusión de que uno tiene algo por decirle a los otros. Y aunque uno escriba simples anécdotas, o simples aproximaciones a temáticas conceptuales complejas, en el fondo se escribe porque, a pesar de la sencillez que puedan contener los asuntos, uno cree que a otro u otra alguien le pueden servir de algo. Es con ese último pensamiento que me senté a escribir esta vez. Porque he juntado, tal vez peligrosamente, una serie de sucesos simples de mi vida reciente y no tan reciente, y al repasarlos en virtud del mencionado segundo procedimiento, he terminado por hacerme unas preguntas, que hoy comparto atrevido con algún lector que seguramente será amigo mío. Por lo tanto, escribo pensando no en un lector anónimo y exigente, sino en un amigo. Eso tal vez no sea muy recomendable desde lo técnico, pero el asunto que hay aquí en el fondo es más de carácter ético, o de tipo vital que conceptual o técnico. Tómalo como una disculpa previa, amigo.

Decía que uno de los elementos utilizados en los procedimientos del látigo y la zanahoria son las anécdotas. La anécdota no es un suceso extraordinario, salvo porque un sujeto lo interpreta así. En este caso, un sujeto que se encuentra buscando relaciones significativas respecto a un tema de su interés en los días recientes: la edad. Y ese mismo tópico me permite pensar que la relevancia de la anécdota está en quien la erige como tal, y no en la anécdota misma. Eso no es ningún descubrimiento, pero me permite entrar al tema de mi actual preocupación (un descubrimiento reciente de mi escritura es que uno debe introducir los textos, algo así como dar vueltas cerca del tema antes de entrar en él, en vez de tirárselos al lector así como vengan, entrando por lo más denso del asunto). Decía que no es ningún descubrimiento el evidenciar que la anécdota está del lado del relator más que en el hecho en sí. Y lo digo principalmente por dos anécdotas cercanas, en el tiempo y en el espacio, a mí, más especialmente a mi tema: la edad. Aunque, para ser más específicos, una lo es en el espacio, y otra en el tiempo.

Voy con la del espacio: acabo de constatar que junto a la pantalla de mi computador tengo un vaso con la soda que estoy tomando. Oígase bien: soda. ¿Desde cuándo reemplacé la soda por la CocaCola? Hum… a decir verdad, este hecho es el resultado de un duelo iniciado a los 19, momento en el cual advertí que era mejor buscarle reemplazo al mundialmente famoso líquido negro, esencialmente por cuestiones de salud. En realidad no ha sido fácil, pero hoy a mis 25 puedo decir que soy un consumidor regular de la soda. Vuelve lo dicho antes: ¿qué tiene de anecdótico ese suceso? Nada, y menos desde hace cuatro días cuando descubrí que en la cafetería de donde trabajo dispensan la soda del mismo módulo de la cola mencionada, sólo que en vez de hundir dos botones, hunden uno solo. Ni hablar del alto contenido de gas, excesivo en ocasiones a mi gusto, del líquido blanco. Entre uno y otro líquidos seguramente no sea mucho el cambio, ni mucha la anécdota, pero es significativo para mí. Y como es nuevo el haberlo comprobado, seguramente pasaré algunos minutos de mis tardes, noches o mañanas próximas pensando en ello. Nada raro en mí. Ésa era la cercana en el espacio.

Ahora la cercana en el tiempo: algunos días atrás estaba conversando con mis amigas de la Red de Cultura Investigativa. Estaba hablando (“hablando”) por el MSN con ellas. El propósito de la sesión era darle unas pautas a una amiga que recién se integra a nuestro trabajo. Leticia (de México) y yo, desde Colombia, estábamos escuchando a Melina (de Venezuela), mientras nos contaba su proyecto de investigación en su Maestría. Después de escuchar su clarísima exposición, Leticia me pidió a mí que le contara a Melina en qué consistía mi trabajo. Ahí empezó todo. O no sé si decir que empezó, porque la interpretación que hago del hecho que luego describiré, es que eso se une a una inquietud personal de mucho tiempo atrás, por lo cual tal vez no haya sucedido en ese mismo instante, sino que estaba sucediendo desde algún tiempo atrás. Es decir, la anécdota no le dio comienzo a mi preocupación, sino más bien entró a desatar su desarrollo, su existencia como preocupación oficial.

Aquí es válido un paréntesis. Preocupación oficial es aquella inquietud, vacilación, pregunta o temor que hace parte de la lista oficial de preocupaciones. Todos tenemos diversos tipos de preguntas o incógnitas, pero no todas hacen parte fundamental de nuestra vida. Por ejemplo, las preocupaciones teóricas, fruto de la actividad intelectual del hombre a lo largo de su tiempo, no son inquietudes de todas las personas en todo momento. Digamos que para una persona no suele ser una preocupación decisiva el asunto de los fractales o lo relacionado con el pensamiento complejo. Ésas son inquietudes oficiales para quienes están inscritos en ellas. En un plano más general, todos tenemos distintos tipos de preocupaciones, pero no todas son oficiales. Lo decisivo en éstas es su carácter de filtro. Mejor dicho, si para mí una preocupación oficial es el tema de la moda, mi percepción se agudiza en función de dicha preocupación, y casi que cifro mi vida en función de eso. El vaivén de las preocupaciones puede correlacionarse con asuntos como el estado psicológico de la persona; una muy buena forma de saber en qué edad psicológica (si ese concepto existe y se considera válido) se encuentra alguien es pedirle una lista de preocupaciones. Se entenderá entonces qué significa decir que la pregunta por el tiempo-pensamiento-lenguaje sea en mí una preocupación oficial.

En fin, cuando comencé mi descripción, noté de inmediato que me sería difícil contarle a Melina en qué estaba trabajando en mi investigación. Exactamente lo contrario me sucedió en una ocasión anterior con Leticia, con quien, después de contarle, sentí que había dicho algo muy bueno, más bueno de lo que yo realmente había pensado antes de hablar con ella. Evidencia inmediata e inevitable: el lenguaje crea. De nuevo digo algo que no es ningún descubrimiento y a lo mejor no reviste nada de anecdótico, pero mientras chateaba esta vez con ellas me era casi insoportable la sensación de que estaba destruyendo lo muy bonito que le había dicho a Leticia en la ocasión anterior. Y desde ese momento me propuse una oportunidad para hablar de eso que tantas veces había sentido: que un mismo pensamiento, no es el mismo en uno u otro momento porque, el lenguaje se hace esquivo o exigente, o porque el auditorio reclama una u otra dirección del discurso, y al redirigirlo, ya es otro. Ojalá pudiera profundizar en esta sensación, y ojalá este texto me sirva para compartirla con mis amigos, pues son muchas las ideas que tengo ahora en la cabeza y muchas las preguntas que quisiera, al menos, intentar responder.

Para volver al tenor de las anécdotas, cuando hablaba con unos amigos de las edades, también hablábamos de las vivencias del tiempo. Todos compartíamos la extraña sensación de que el tiempo ahora es más rápido. Por estas épocas navideñas uno no para de recordar (de nuevo se activa el segundo mecanismo) cuánto se demoraba diciembre para llegar cada año. Hoy en día, cuando basta celebrar el día de la madre (en el mes de mayo, aquí en Colombia) para estar ya cerca de la navidad, a uno le parece que los años son más cortos, a pesar de que los calendarios digan lo contrario. Una amiga comentó que estaba en un jardín infantil donde pensaba inscribir a Mateo, su hijo de 2 años, cuando escuchó que un niño de no más de 4 le decía a su mamá: “Oye, explícame por qué no entiendo esta situación”. Y pensábamos, después de escuchar a nuestra amiga, que los niños de ahora son más listos (de nuevo el segundo mecanismo), pues decir “momento” no es sólo fruto de juntar unas ciertas vocales con unas determinadas consonantes en cierto orden; es cuestión de concebir el concepto de “momento”. Esto incluso en el caso de los niños de quienes se dice constantemente que aprenden por imitación, lo cual es cierto, pero no alcanza a explicar que un niño, además de decir “momento” pida explicaciones a su madre para entenderlo. Es decir, ese chico ya tiene nociones muy sólidas de tiempo, de la temporalidad, de las situaciones, de los contextos, y, más sorprendente aun, de que es necesario comprender los momentos para estar a la altura de ellos.

Insisto, es inevitable, al escribir, el creer que uno tiene algo por contar. Pues yo, más que contar mucho por preguntar. Y si escribo ahora es porque en las anécdotas (“anécdotas”) que he contado, en las situaciones vividas y en las reflexiones actuales, encuentro un hilo conductor. Por eso hablo de conversaciones hologramáticas, porque, a pesar de ser textos de todo tipo (situacionales, literales, científicos, auditivos, olfativos, vivenciales, etcétera...) cumplen con el principio del holograma: en ellos encuentro partes dispersas de una misma cuestión.

¿Por qué se habla de los momentos? ¿Qué son los momentos? ¿Por qué uno no se baña dos veces en un mismo río? Y añadámosle lo sucedido en el chat con Leticia y Melina: porqué cambiar el lenguaje es, en ocasiones, cambiar los conceptos? ¿Por qué en ocasiones somos claros y en otras no? ¿Por qué, aun tratándose de las mismas personas y las mismas ideas, no siempre logramos reconstruir igual los problemas? ¿Por qué esa extraña sensación de que todo depende de una palabra, casualmente olvidada, y que sin ella la sensación transmitida a los otros (y a uno mismo) no es la misma? ¿Por qué sentimos que en ocasiones decimos mejor las cosas que en otras? ¿Por qué unas personas nos entienden mejor que otras?

Insisto: no tengo respuestas, sólo algunos conceptos mínimos, unas cuantas anécdotas y una sensación terrible de que mis compañeras en la red piensan que yo soy un tipo disperso. En parte porque es verdad: soy un tipo disperso en algunos asuntos. Cuando me lo propongo soy bastante claro. Pero, en ocasiones, como ocurrió en el chat, aunque me propongo ser claro, termino siendo disperso. Pienso, por ejemplo, en esas veces que los medios de comunicación dicen de un político, un artista, o sobre todo, de un pensador, que “está en su mejor momento”. Lo digo porque, según mis actuales sospechas, lo sucedido con Leticia y Melina fue un asunto de momento: ellas, de cierta manera, me fusilaron al preguntarme sobre mi investigación, porque por esos días estaba desconectado del asunto. Es algo así como decir que ése era el peor momento para hablar de eso, aunque era el mejor para hablar de otros asuntos.

El mundo de la tecnología digital me ofrece una analogía que puede ser provechosa y que utilizo ahora para intentar explicármelo: cuando uno graba, por ejemplo una foto, en un soporte, lo que uno se lleva en el disquete o en la memoria usb, o en el disco compacto, no es la foto tal cual, sino unos códigos que luego otro computador habrá de descodificar. Eso permite muchas facilidades, entre ellas, que pese mucho menos. También genera problemas que el archivo puede ser descodificado diferente en ese otro computador y puede quedar distinto a como fue creado. Tal vez sea eso último lo que sucede con los pensamientos: que ellos no están siempre intactos en la memoria personal, sino que uno guarda las marcas finas, los puntos preponderantes del discurso, del pensamiento o del concepto, y luego los reconstruye. Pero en el proceso de reconstrucción bien podrían sufrir algún daño. Como el de aquella citada vez en el chat.

Umberto Eco habla del lector como un personaje que actualiza los contenidos del texto. Mejor dicho, en cierta manera, el texto no dice mucho, dice en la mente de un lector que lo está leyendo, es decir, actualizándolo. La misma sensación me asalta cuando voy a dirigir una experiencia en grupo, como por ejemplo una clase: a veces siento que en el momento de la actualización, o sea la clase como tal, el contenido del archivo podría actualizarse mal y generar confusión en el auditorio y en la mente mía. Y en efecto a menudo ocurre. Sensación bastante parecida a cuando uno escribe un texto, aunque sea un borrador que luego deberá perfeccionar para entregar, pero que cuando es la hora de hacerlo, algunos días después, no se encuentra esa primera versión; en ese caso reescribir resulta una experiencia bastante frustrante, por la tensión que se vive entre el recuerdo vago de esa lejana primera versión y la actual, menos directa o quizás menos colorida que el fantasma lejano del primero. También sucede a menudo que se envía un correo electrónico, y por cualquier razón el computador lo pierde, y cuando uno va a reiniciar la reescritura siente esa terrible sensación de que la versión anterior era mejor.

Sin embargo, cuando por el azar se tiene la oportunidad de encontrar ese primer original y compararlo con lo que fue el segundo, uno percibe el grado de idealización que había sobre el primero. No sé por qué. Al leerlo, en muchas ocasiones, uno debe confesarse que en realidad fue mucho mejor haber enviado el segundo. Aun en el caso contrario, es decir, aun cuando se corrobora que el primero era efectivamente mejor que el segundo finalmente enviado, la pregunta es la misma: por qué el decir, el hacer y el pensar tienen que ver tanto con el tiempo. Por qué somos sujetos (tan) cambiantes. Y por qué el lenguaje es tan transparente en mostrarnos esa latencia permanente de nuestro ser. Basta escuchar una grabación vieja de nuestra voz para corroborar que no siempre nos gusta recordar lo que pensábamos antes. Con el álbum fotográfico en manos le decimos a nuestros amigos y familiares: “...yo era así...”, o “yo antes vestía así...”. Existe siempre esa sensación de un antes que ya no es, y que gracias a Dios ya no es... qué tal que lo fuera.

No me quiero desviar (lo cual en mi caso es bastante fácil, por cierto); me pregunto por qué una misma idea expresada dos veces es tan distinta, por qué el decir está tan relacionado con el orden de las palabras dichas. En el fútbol, por ejemplo, no es lo mismo “Francia ganó a Inglaterra dos por cero”, que decir “Inglaterra perdió ante Francia por dos goles”. Estoy aquí sentado ante Roberto (mi pc) escribiendo con un cierto ánimo estas líneas porque hay en mí un interrogante que quiero compartir; si no hubiera tal motivación, seguramente no lo estaría haciendo. Eso es obvio. Pero si hubiera empezado distinto la introducción de este texto, el resultado sería otro. También es obvio. Pero lo que no me resulta obvio es por qué es distinto.

Más arriba me preguntaba por el mejor momento de los pensadores, artistas o políticos. Guardadas las proporciones de la comparación, de cierta manera lo que me sucedió en el chat y que ha pasado tantas veces, es que ése no era el momento. Nietzsche afirmaba que uno siempre estaba tarde, que nunca era el momento para algo, que siempre llegábamos tarde, al mundo, a una cita, a un país, a un pensamiento, a un autor, a una música, etcétera. Siempre estamos tarde. No siempre estoy de acuerdo con esa idea, porque muchas veces siento lo contrario: dije algo maravilloso y debo escribirlo pronto. Toqué algo musicalmente bueno y debo grabarlo cuanto antes. Es decir, a veces el mismo lenguaje me permite expresar la misma idea pero mucho mejor, más remozada, más dinámica, más interactiva, no sé... ¿Por qué?

También había dicho que desde algún tiempo atrás no pensaba en mi trabajo de grado. Y que la pregunta de mis amigas en el chat me tomó por sorpresa. Y ya he dicho insistentemente que no sé por qué. Ahora, después de conjurar la situación, de compartir la pregunta, de dejarla en una memoria digital... retomo la conversación, ya a manera de monólogo, es decir, voy a intentar responderles a mis amigas (en su ausencia) lo que yo deseo hacer con mi trabajo de investigación de la maestría. De paso reivindico el valor del soliloquio y del monólogo en el pensamiento. Además, adelanto un nuevo capítulo de mi autobiografía.

De momento, gracias por ayudarme a exorcizar ese fantasma del lenguaje y el pensamiento en relación con el tiempo. Han pasado varios días desde la conversación con mis amigas y, por alguna curiosa razón, hoy la recuerdo con la misma preocupación. Por eso te entrego, amigo mío, este texto, para que puedas ver muchas de las aristas que, sin quererlo, salen en medio de mis conversaciones. De alguna manera los nudos se desenredan más fácil cuando uno se atreve a dar cuenta de ellos, es decir, a descubrir sus tejidos, circunvalaciones, tramas, vueltas y puntos de giro. Y si por algo puede ser tedioso este texto-conjuro, es porque responde al intento de desenredar un nudo ¡Gracias!


Noviembre de 2005