Instrucciones para cumplir 30 años

Un buen intento instruccional que termina siendo una mala autobiografía



Cumplir 30 años no tiene nada de maravilloso, más allá de tener que escribir la edad con un número diferente al comienzo, y acostumbrarse a colocar la X un cajoncito más a la derecha en las tradicionales encuestas. El episodio, sin embargo, no sería posible sin la sucesión secuencial, un tanto organizada y un tanto azarosa de circunstancias acumuladas, mal o bien, en un determinado orden; orden que hoy hace posible que yo cumpla 30, que me atreva a reconocerlo, a escribirlo, y a publicarlo. En todo caso, para efectos de balances existenciales, me atrevo a soslayar estas Instrucciones que pueden ayudar a alumbrar el camino a quienes aún no atraviesan el umbral. Yo, que estoy en el proceso de atravesarlo puedo decir públicamente: ¡bah!

Sumadas, no caben en los dedos de una mano, ni de dos, las circunstancias que han colocado en la misma vereda de algún pueblo de Antioquia al jovenzuelo Carlos Enrique y a Margarita, mientras el primero ni de lejos hubiera podido imaginarse que en esa maestra que amablemente lo acaba de saludar Buenas tardes profesor, estaba la madre de sus hijos. El recién salido de la adolescencia y del barrio Castilla de Medellín, en la época en que el principal atractivo era contar carros por colores, sólo pensaba en la cantidad de zancudos de la nueva tierra en la cual ejercería su probada vocación pedagógica, puesta a prueba en la improvisada escuela en que su mamá y las vecinas del barrio años atrás convertían el zaguán de su casa a fin de que los descalzos mosalvetes pasaran allí sus vacaciones. Vocación y vacación son dos palabras que no sólo riman sino que se acumulan en la existencia de alguien, visto como está que al pasar sus vacaciones enseñando a niños mocosos de barrios pobres en vacación, terminó dando rienda a su vocación ante niños mocosos de vereda.

Doña Margarita, por aquel entonces sin el hoy merecidísimo "doña", estaba imbuida en una relación ya larga con otro profesor, una prueba más de que vacación y vocación riman compaginadamente en la existencia de muchas personas de estas Instrucciones, y de que conocerse en escuelas públicas en veredas y tenerse que alejar por culpa de un nuevo nombramiento, hace parte connatural de eso que podría llamarse la bolsa de las plazas docentes adjudicadas por el Ministerio de Educación de un país. Pasado el tiempo, y con la amenaza de un regreso pronto del novio, Margarita empezaba a sentir como agradable la compañía de ese timorato profesor Carlos quien durante una larga sesión de tardes en corredor de casa campesina fue contando su humilde vida de normalista superior en la ciudad. Ella, entre el enternecimiento y el amor, fue deseando que la fecha de llegada de su novio se prolongara, a condición de que las tardes siguieran haciéndose así de cálidas como desde unas semanas atrás lo venían siendo. Si esa felicidad producida en la entrada de una casa de campo de alguna vereda lejana en la geografía antioqueña se mantendría mientras se mantuviera presente el muchacho que ahora vemos en dificultades para evitar que se vea el roto de la suela del zapato, ella, decíamos, estaba ya dispuesta, y más que dispuesta decidida, a terminar con ese novio que conoció en otra escuela veredal y que trasladaron a una escuela más lejana aun que en la que ahora nos encontramos.

Cumplir 30 años viene a ser fácil siempre y cuando hoy, día del anunciado regreso del novio, ella, Margarita, sea capaz de decirle que muy a pesar de los tres años de relación afectiva, la mayoría de ellos por correspondencia, bien escrita, y llena de palabras de amor, es verdad, pero correspondencia al fin y al cabo, desea dar por terminada oficialmente su relación con el maestro que, por un descuido real no hemos dicho su nombre. César, ése es su nombre, Creo que ya te has dado cuenta que algo ha cambiado en mí, estas últimas fueron las palabras con que la fría Margarita remató la tarde-noche del regreso de su ahora exnovio, quien, justo es decirlo, bien sabía que algo andaba mal dadas las insistentes miradas de ese profesor nuevo de quien no ha podido saber su nombre porque todos le dicen, simplemente, Profe. Y pensar que años atras él, César, era El Profe. Así es la vida, las Moiras del destino tejen nuestro vivir, pero a duras penas alcanzamos a saber qué número ganó la lotería ayer, o cuál es la caricatura del periódico. Es todo. Y aun con eso nos sentimos reconfortados: perdemos generalmente la lotería, y nos reímos casi siempre con la caricatura. Es todo. Es mucho. Pero no suficiente. Al menos no para comprender eso que llaman destino y que tejen unas señoras de nombre Moiras, cuyos hilos son nuestras vidas entrando y saliendo unas en otras, enredándose en un telar que viene a ser la vida. Veamos entonces a Carlos Enrique allí, tratando de concentrarse en su mano de cartas, perdiendo un tiro tras otro porque no ha sido capaz de juntar el uno con el dos, mientras Margarita entra y sale de la finca con ese tal César quien, según le han contado, la conoció en alguna otra vereda en circunstancias semejantes.

Quisieron las señoras del telar no cortar esta hebra sino la otra. Se han unido definitivamente el hilo que representa a Margarita, con ese otro más delgado que es Carlos Enrique; el tercer hilo, César, ha desviado su destino (aquí ya no es metáfora), y ha decidido negarse a amanecer en la casa de la familia Holguín, porque su orgullo es suficiente para no pasar la noche en la misma casa de la mujer que tan fácil se ha enamorado de otro. No lo juzguemos mal: viene desde Montería, tiene un mes de vacaciones por delante, y no sabe para dónde ir. Ni juzguemos mal a Margarita: sus ejercicios literarios con el lejano profesor podrían considerarse una relación semántica de probada finura, pero no un noviazgo real. Con todo, la primera condición para cumplir 30 es que los progenitores se encuentren listos para saber el uno del otro, todo a su debido tiempo, primero tú, luego tu familia, luego tu futuro, ahora tu cuerpo.

En el propósito de escribir estas Instrucciones para cumplir 30 ha quedado suficientemente probado que por más intentos de rigurosidad que se pongan en escena, el destino actúa a espaldas de uno, basta con repasar este breve relato para darse cuenta de todas las decisiones que los demás toman por uno. Que esos demás sean los papás es lo de menos si atendemos esa forma arroyadora como el destino los junta y cómo, ahora que ya están unidos, van decidiendo sobre la vida del futuro niño. Para empezar, han optado por comprar una casa y vivir juntos sin hijo alguno. Sí, es verdad: sin hijo alguno. El primer proyecto de familia Arango Lopera incluía una intensa vida sentimental (y sobra decir que sexual) sin que ningún niño asomara las narices por ese noviazgo prolongado en que se convirtió la estadía en Girardota. Dejemos las lágrimas para después: pero no hay mentira alguna al decir que, en principio, mis papás no querían serlo. Ésas, sin embargo, son anécdotas.

En fin. Se suponía que iba a escribir instrucciones para llegar a los treinta. No pude. La conclusión parece ser que, al subirse a este nuevo piso, uno de los peores fantasmas es el de tratar de ser minucioso.