Hable antes de pensar

Versión 1.3



“Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen armadura, decimos...”
José Saramago, Ensayo sobre la ceguera


Muchas veces nos hemos preguntado cómo se hace un ensayo; en la universidad esta pregunta se intensifica porque la academia parece haber adoptado este género por antonomasia. Sin embargo, pocas son las respuestas claras dicha cuestión. Como intento de acercamiento inicial, en este texto se procura un ejercicio metacognitivo en el cual el autor va a hablar consigo mismo en voz alta sobre las decisiones tomadas conforme avanza en la escritura de el texto (que es tanto como decir conforme avanza en la concepción de la idea misma). Con ello se propone, no tanto decir cómo se debe hacer un ensayo, sino ensayar a elaborar uno. Por lo tanto, no es éste un trabajo que adopte la consabida sentencia “piense antes de escribir”, sino que asume, por el contrario, que el desarrollo de una idea (la materia prima del pensamiento) requiere de la escritura para estructurarse y ser posible. Dicho en otras palabras, que como una idea no es tal hasta no ser escrita, en este ensayo (y se sugiere que en todos) se escribirá antes de pensar.

Con el anterior párrafo, creo haber logrado ambientar la situación; ahora sigue señalar el problema específico del que se va a tratar el texto. Dicho problema ya ha sido esbozado en el primer párrafo, pero aquí debe explicitarse más aun. Me propongo entonces discutir la expresión Piense antes de hablar-escribir. Quienes dicen esto asumen que, teniendo en cuenta lo inexacto de las palabras, vale más no gastárselas, sobre todo si la consecuencia de usarlas es herir a alguien (el pez muere por la boca, se dice). Mas para quienes reflexionamos sobre la comunicación humana, si bien validamos perfectamente un pensamiento como ése, no podemos dejar de advertir ciertos errores a los cuales nos puede inducir. Por eso voy a arriesgar –de una vez- la siguiente tesis: (al menos en ocasiones) es mejor hablar 0 escribir antes de pensar. Ahora bien, como me han dicho que después de reconstruir el contexto debo enunciar la tesis, he decidido resaltarla en negrilla, a fin de que mi lector identifique claramente cuál es mi postura frente a los asuntos señalados en los párrafos precedentes. En adelante, se trata de defender argumentativamente esa tesis. Entremos en materia.

Para entender el porqué de esta tesis, debo considerar en primer lugar, que el lenguaje no es sólo un conjunto de etiquetas para nombrar cosas que pre-existen a él. Por el contrario, la noción de lo que existe se organiza en nuestro pensamiento gracias al lenguaje, pues éste provee a las constantes sensaciones que a diario procesan nuestros sentidos una serie de estructuras culturales dotadas de significación. El lenguaje permite ordenar, crear categorías, clasificaciones, definiciones, nociones, códigos de uso, etcétera. Las implicaciones de esta afirmación son bastante significativas para nuestro propósito, pues vistas así las cosas, pensar es en sí mismo un acto de lenguaje. En efecto, no sabemos qué es un árbol por fuera del lenguaje, sólo podemos dar cuenta de él, y conceptuar sobre las ideas que están relacionadas (ecología, ambiente, papel, oxígeno, sombra, hojas, frutos, etcétera) desde el lenguaje.

Me devuelvo ahora a la tesis y me pregunto si con el anterior párrafo sí habré logrado un primer argumento. Parece que me falta algo de precisión, así que agregaré lo siguiente: en la afirmación “piense antes de hablar” puede haber implícito un subtexto peligroso: que el pensamiento y el lenguaje suceden en momentos diferentes. Pero cualquier ser humano puede comprobar cómo al pensar silenciosamente lo que está haciendo es articular palabras. Con esto podemos mostrar que el pensamiento y el lenguaje no suceden en momentos diferentes, y por eso no procede sugerir primero una acción (pensar) como pre-requisito de la otra (escribir). Ése es mi primer argumento.

Hay un segundo supuesto en esa afirmación; al rebatirlo llegaremos a nuestro segundo argumento. Ese segundo supuesto es el pensar que el lenguaje tiene sólo un carácter expresivo. Es decir, que éste llega después de que la idea ha sido producida y que su objetivo es lograr que otros la conozcan. Entendidos así, las palabras y los procesos de comunicación no serían más que un sistema de publicidad donde se anuncian cosas. Por el contrario, sabemos que el lenguaje y la comunicación no son lo mismo, aunque la mayor parte del tiempo están juntos. Dicho en otras palabras: enunciar y anunciar son acciones diferentes. Hablar es un acto lingüístico en el cual se articulan unos sonidos que reproducen un mensaje. Si bien en la afirmación piense antes de hablar (o escribir) lo que se quiere es evitar que se digan cosas sin sentido, o que, como se dijo al principio, puedan herir a alguien, bajo ella -no obstante- subyace la idea de que el lenguaje aparece cuando la idea ya está concebida. Y, según nuestro primer argumento, esto no es posible. Porque pensar es, en sí mismo, navegar en el lenguaje.

Finalmente, habría que llegar a una tercera razón, esta vez de carácter más práctico. Cuando escribimos, tanto como cuando hablamos, las palabras empiezan a producirnos sentido. Sin escucharnos no sabríamos siquiera qué estamos pensando… porque ni siquiera estaríamos pensando. Todos hemos comprobado que muchas ideas se nos ocurren mientras hablamos. En una conversación, por ejemplo, vamos diciendo cosas que se nos ocurren, y cuando nos las escuchamos, o cuando vemos la reacción que ante ellas toman otros, percibimos nuevos matices de esa idea que la enriquecen. Por lo tanto, si yo siempre me quedo en silencio tal vez ni siquiera me escuche a mí mismo. Igualmente, mientras escribo, cada nueva palabra va sugiriendo una nueva idea, y otra, y otra… en una sucesión que se prolonga conforme voy escribiendo-pensando. Si yo me detuviera siempre a pensar antes de escribir, difícilmente me sentaría a hacerlo. Porque (y esto vale como una idea adicional a la tesis) escribir y hablar son también un impulso.

Es decir, en ocasiones escribimos sólo por escribir o hablamos sólo por hablar. Y no es correcto pensar que esto está mal. Por el contrario, incorrecto sería que yo me encontrara con un amigo a quien no veo hace mucho tiempo, y le exigiera una forma de hablar coherente, organizada, sistemática… Todos sabemos que gran parte del placer de conversar proviene de la posibilidad de hablar de cualquier cosa en cualquier orden –el orden de las ocurrencias, por ejemplo-.

En lo oral esto se permite, aunque en lo escrito debemos tener unos límites. Un lector promedio espera de cualquier escritor un mínimo orden en lo que escribe. Pero lograr ese orden no debe implicar ser aburrido, o perder el impulso. Esa idea me proviene de mi experiencia de lectura con William Ospina, Fernando González, Estanislao Zuleta, Andrés Caicedo o Gonzalo Arango (para poner ejemplos cercanos). En la mayoría de sus textos yo tendría dificultades para extraer de ellos un mapa conceptual exactamente bien categorizado, pues su escritura es espontánea, y no parece obedecer a lógicas lineales. Pero eso no impide que mi lectura sea amena. En realidad, me divierto leyéndolos porque su escritura tiene el orden de las ocurrencias. Si fuesen escritores rigurosos en sus estructuras, tal vez serían menos divertidos de lo que han sido hasta ahora para mí.

Éste fue el último argumento. Hasta ahora he dicho que una afirmación como “piense antes de hablar o de escribir” es válida, si se consideran algunas condiciones. Y que de la comprensión de esas condiciones se desprende que, en ocasiones, es mejor “escribir antes de pensar” porque la escritura y la conversación le dan más posibilidades a la creatividad.





Carlos Andrés Arango,
Octubre de 2006.
carlosarangol@yahoo.es