El tiempo que queda, François Ozon.

Por Carlos Andrés Arango

En medio de una sesión fotográfica Romain sufre un desmayo. Luego, ante el médico, sabe que de no aceptar la quimioterapia su vida puede terminar en tres meses. O en una semana.

Lo que ocurre en la vida de un ser humano tan pronto sabe que tiene pocos días para vivir, tema recurrente en el cine, es el planteamiento de esta película. En ella, como en tantas otras de similar temática, el protagonista inicia un proceso de relectura de su entorno y su dificultosa relación con el mundo, y sus problemas en cuanto al amor, la familia y la vida.

Decidido como está a no someterse a los efectos colaterales del tratamiento químico, Romain enfrenta el temor de expresar a sus cercanos cuánto los quiere; temor que no logra superar, y más bien lo impulsa a un aislamiento que lo lleva hasta la casa de su abuela -una señora tan amorosa como ronca- en cuyo hogar Romain reencuentra imágenes reconciliadoras de su pasado. Allí recuerda significativos episodios de su vida infantil con la hermana y con el padre, e incluso la posible causa de su desprecio por los niños. Desde el sabor de estas imágenes decide aliviar los vínculos con su familia.

Esa idea según la cual buena parte de la mitología, la literatura y el cine se ha gastado en contar la historia de los regresos aplica aquí perfectamente. El viaje de retorno de Romain, aunque es hacia la muerte, es un viaje por la vida. Por eso acepta –de manera bizarra y extraña- donar su semilla genética para una pareja infértil, a pesar -no sólo de ser gay- sino de haber manifestado de tantas maneras su desprecio por los niños; palabras que le valieron tantos disgustos con su hermana.

Ante la pantalla, uno se encuentra ante una película sin grandes aspiraciones, con un pulso tranquilo, que va mostrando en acciones cómo un ser humano se enfrenta a sus posibilidades. No hay que esperar ni heroísmos ni milagros: Romain acepta la muerte. Sin aspavientos; sin preguntarse por qué a él.

De ahí que, sutilmente, haya espacio para la poética del cine y de los elementos de la naturaleza: si el tema es la vida, una buena estrategia visual es pasear al protagonista a través de encuentros con la tierra, el aire, el fuego y el agua. Por eso veremos fuego que quema el dolor e ilumina el camino, agua que purifica, tranquiliza y nunca se detiene, aire que refresca el alma, y tierra que es bosque o playa para albergar un cuerpo empezando a cumplir aquello de que somos polvo y en polvo nos convertiremos. Esas imágenes, dispersas alrededor del filme, se unen en la secuencia final cuando Romain, tranquilo y silencioso, se acuesta en la arena para recibir el sol del día; día que cuando se convierta en noche traerá también la noche para su vida.

No es una película inolvidable, pero para quienes vamos al cine a ver cómo otros seres humanos se hacen a su mundo (y quien dice mundo dice destino), aquí encontramos una buena ventana a nuestras propias búsquedas éticas y estéticas.


(Publicado en Filmaffinity)