Decía Umberto Eco que, lejos de las particularidades de cada cultura, todos los grupos humanos han tenido, al menos, dos nociones fundamentales: el arriba y el abajo. El cielo y la tierra. Y con estas dos nociones, van a aparecer una serie de simbologías infinitas. En la tierra, los frutos, la vivienda, la agricultura; en el cielo, las estrellas. Volar, llegar alto, alcanzar las estrellas ha sido una de las fantasías constantes en los humanos. Tal vez por eso "estrellarse" sea una acción (más bien accidental) producida por un golpe tan arduo que el resultado sea ver las estrellas.
Pero las estrellas no sólo se les sueña alcanzar en situaciones accidentales. Antes al contrario, están reservadas para los más altos logros humanos. Siempre me ha parecido curioso que a los títulos obtenidos por los equipos de fútbol se le denominen estrellas. También me parece curioso el que hoy esté pensando, con tanto detenimiento en el fútbol, el cual no es precisamente mi tema de cabecera, ni por pasión ni por dominio. Pero así somos los humanos, cuando menos pensamos, estamos haciendo lo que nunca nos hubiéramos imaginado, y en efecto aquí estoy, pensando en el fútbol.
Pues bien, uno de los mitos más comunes es el de las estrellas fugaces, ésas que se ven por unos cuantos segundos, y que si uno aprovecha, pueden concederle ese deseo que uno sea capaz de concebir mientras la ve. Creo que ayer, mi Nacional conquistó una de ésas, una estrella fugaz. Fugaz no sólo por escasa, sino también por esquiva, y, por qué no decirlo, por altanera. La final ante Santa Fe fue la última de las barreras para poder alcanzarla, y sí que fue una buena barrera.
Habría que empezar un poco más desde atrás para entender por qué hablo de una estrella fugaz. En Colombia, Nacional ha tenido la tradición de ser un equipo grande, de buen espectáculo, muchos seguidores, buen fútbol, muchas ideas y recursos, así como títulos internacionales. Los mejores técnicos y jugadores han pasado por esta institución. Su hinchada, la más grande del país, lo es porque no sólo la conforman habitantes del departamento de Antioquia, sino del país entero. Realmente se trata de un equipo nacional.
Pues bien, este equipo, campeón 8 veces del torneo colombiano, acaba de vencer con este reto, uno de los períodos más inertes de su historia. Desde la última vez cuando fuimos campeones, por allá en 1999, Nacional ha vivido una época a la que ya no estábamos acostumbrados. Incluso ese mismo torneo y el inmediatamente anterior, coronado en 1994, habían estado alejados del buen fútbol que nos había caracterizado. Los técnicos iban y volvían, una tendencia poco practicada por este equipo, que ha creído en los procesos de largo plazo, tal como se sabe por la escuela de Oswaldo Zubeldía, Francisto Maturana, Hernán Darío Gómez, Juan José Peláez y Luis Fernando Suárez, todos hijos de una misma idea: jugar bien al fútbol.
Con el regreso de Juan José Peláez Nacional volvió a mostrar su intención de volver a ese fútbol que trata bien al balón, que respeta al adversario, que ataca constantemente y es equilibrado en defensa. Es decir, ése que nos había tributado los más grandes triunfos dentro y fuera del país. Los frutos de ese proceso se empezaron a ver, y pronto Nacional volvió a una final. Fue en el año 2004, el rival, el Independiente Medellín, rival de casa, con cuya hinchada se han tejido las más eternas discusiones en todos los espacios de la vida social paisa. Esto también me lleva a otra reflexión de carácter personal, y es el saber por qué uno es hincha de un equipo.
En mi caso, ser aficionado al Nacional está relacionado, inevitablemente, con mi padre. Aunque él nunca me obligó a nada, siempre que en mi casa se sabía de fútbol era o por el equipo verde de Antioquia, o por la selección de mi país. En alguna foto de pequeño, visto un uniforme de líneas verdes y blancas. Ya más grande, recuerdo la fuerza que le hacía al equipo cuando enfrentaba a una cantidad notable de equipos del país y del extranjero. Era el torneo de la Copa Libertadores. Corría el año 1989, mi familia y yo acabábamos de llegar de Girardota, un pueblo que, aunque cercano a la ciudad, tenía todas la características de la vida no citadina. Años violentos nos dio Medellín a nuestra llegada. Violencia y fútbol. En todas partes se jugaba con una pelota. En el patio de la escuela, en las calles, en las placas deportivas... en todo lado los chicos se inventaban la forma de configurar un terreno de juego.
Por ejemplo, los domingos, cerraban las calles, y con un par de piedras al principio (después con hierro y soldadura) se armaban las arquerías. El balón... de todas clases, desde el Golty de microfútbol, hasta la pelotica de plástico que vendían en la tienda de la esquina, caracterizada por sus colores rojo, amarillo, azul o naranja planos. Yo, que nunca había jugado en serio (ni charlando) al fútbol, terminé enredado en las lides del deporte callejero, no con muy buena suerte porque realmente no era bueno. Mis primos sí lo eran, y jugaban partidos todas las tardes, al llegar de la escuela. Es casi increíble la pasión que genera un deporte como éste.
Para mí era extraño que alguien fuera hincha del Medellín. Para mí, un pequeño de escasos nueve años, ése era un equipo tan poco importante, que ni siquiera salía por la televisión. Contrario al Nacional, quien, luego de un agónico triunfo se coronó máximo campeón de América. Derrotamos al Olimpia de Paraguay con lanzamientos desde el punto penal. Cómo olvidar ese partido, con los goles del Palomo Usuriaga, ese negro alto y delgado que metía goles con esa facilidad. Los penales resultaron todo un sufrimiento. Mi padre (con esa vocación docente que siempre lo acompaña) nos explicaba lo de los cinco tiros que tenía cada equipo, y que sin al finalizar esta serie seguían empatados, se irían a "uno y uno", hasta que algún equipo se equivocara. Higuita, ser particular y talentoso, atajaba y atajaba penales, pero los nuestros no lograban desequilibrar el marcador. Creo recordar que el primero en cobrar por Nacional fue Andrés Escobar, historia triste de la que tendré que hablar en otro momento. En fin, Olimpia desperdicia un penal, y le toca el turno a Leonel Álvarez. Lo metió. En la pantalla del televisor sale un texto en letras scrit con la leyenda "Nacional... Colombia Campeón", o algo así. El letrero era intermitente, al mejor estilo de los ochenta, esa década tan particular desde el punto de vista estético que, gracias a la vida, me tocó presenciar aunque fuera en esos primeros años que tan difíciles son de recordar.
Al día siguiente, no hubo escuela, fue día cívico. Las noticias no paraban de repetir la hazaña: un equipo de jugadores criollos había conseguido ser el mejor de América. No puedo olvidar esa calle del Barrio Campo Valdés teñida totalmente de verde. Toda la gente salió a las calles. No importaba la violencia barrial que existía. Había fiesta en Medellín, en toda Colombia. Junto con las imágenes del penal convertido por Leonel, los noticieros mostraban la celebración del país. Era una fiesta en una parte enorme del territorio colombiano. Conocimos la gloria con ese Nacional de Hidalguía, Gallardía, Valentía, Criollismo... palabras que quedaron grabadas en mi mente para siempre.
Por eso me extrañaba que alguien fuera simpatizante del Medellín. Lo vine a comprender en los clásicos, algunos transmitidos por nuestro canal regional, Teleantioquia. Medellín "también" era un gran equipo, y si no había llegado tan lejos como el Nacional sería por otras circunstancias propias del fútbol, las cuales fui conociendo con los años. En 1990 seguía las noticias con tal de ver los goles del torneo. Nacional seguía siendo un grande, y quien nos empatara o nos ganara se podría considerar otro grande. Ése era el caso del Medellín, de América, de Santa Fe, de Junior, y algunos otros. Puedo decir que conocí primero las lógicas de la Copa Libertadores, que las del torneo colombiano. Fueron las circunstancias de mi época, y sé que muchos de mi generación vivimos la misma situación.
Cuando el contexto del fútbol superó el ámbito de los goles, aparecieron los técnicos, las hinchadas, las ciudades, las reglas, es decir, un mundo amplio y apasionante. Llegó el mundial Italia 90, con una selección basada en el Nacional y el América de Cali. Nos enfrentamos a Jugoslavia, Emiratos Árabes, y a Alemania (cómo olvidar ese 1-1). René Higuita era mi ídolo, quise ser arquero, y después de mucho tiempo de ser un niño apático por practicar el fútbol, ya era un preadolescente con ganas de llegar lejos. Quise ser futbolista. Los sábados en la mañana estaba siempre en la universidad de Antioquia, en la cancha, viendo jugar a todos los niveles. Esa pasión, o goma, no duró más de un año, pero la disfruté al máximo, así fuera viendo a los demás.
En 1991 fuimos campeones nuevamente. Luego en en 94, y luego en el 99. Tres campeonatos, tres épocas, tres equipos bastante distintos, pero una pasión igual. Ya no seguía cada fecha del torneo, ni cada partido, me bastaba con saber cómo le iba a mi equipo y listo. Los noventa también fueron tiempos difíciles para la selección, en los mundiales de Estados Unidos 94, Francia 98, en donde no logramos buenas participaciones, a pesar de que la llegada al de Italia auguraba mejores épocas para el seleccionado tricolor. Muchos altibajos tuve en mi pasión por el fútbol, sobre todo al final de los 90, cuando entendí qué quería ser en la vida. Llegaron los libros, y con ellos una cierta sensación de banalidad en los actos cotidianos de la vida. Fui capaz de mantenerme aislado de los marcadores, los partidos, y concentrarme en leer.
Hasta 2004, cuando llegó la final contra el Medellín. Ellos venían de ser campeones, después de 45 años, ante el Pasto, un equipo nuevo en el rentado nacional. Ese título me había alegrado. Era su tercer estrella. Para mí, un número que no reflejaba la calidad futbolística del equipo. Y ahí estaban ellos para demostrarlo. Por la misma época, el Once Caldas disputaría la final de la Copa Libertadores ante el Boca Juniors de Argentina. Con total certeza aseveré que la final colombiana la ganábamos nosotros, y que la Copa la ganaba el grande, Boca Juniors. Me equivoqué doble. Nos ganó Medellín, y ganó Once Caldas. Dura lección la que me dio la vida. Para mí y para muchos. Lo del Once Caldas, fue fruto de una convicción personal, de un trabajo y de un sistema de juego, poco vistoso, pero efectivo. También es fruto de la humildad. Le ganaron a un grande de grandes, que ha ganado todo en su carrera, incluída una copa intercontinental, máximo título a nivel de clubes en el mundo. El Once era en equipo de buenos jugadores, fuerte en defensa, y que aprovechaba oportunidades del adversario para ganar los partidos con diferencias mínimas. Y eso le resultó. En los penales, su arquero Juan Carlos Henao, se lució; Boca fue desacertado y perdió. Una de esas lecciones que de vez en cuando es buena.
La otra es dolorosa. Estoy seguro de que ningún hinca pensó en algún momento que Medellín nos podría ganar. Esa convicción es fruto de una historia llena de títulos. Una seguridad que con facilidad se convierte en pedantería y delirios de grandeza. Sin embargo, lo que tenemos los hinchas del Nacional no son delirios de grandeza... al contrario, hemos sido grandes entre los grandes. Por su lado, los del Medellín, acostumbrados como han estado a no ganar nada, nunca tuvieron esa certidumbre, y más bien salieron a ganar los encuentros. La historia se contentará con decir que el título se lo llevó el DIM, pero no llegará a detalles tácticos de cómo se consiguió. En el partido inicial, Medellín ganó 2-1. Fue un partido cerrado con llegadas esporádicas de lado y lado. El segundo partido, una tarde de domingo para no recordar, la final quedó sin goles. Medellín montó una doble línea defensiva que sumaba en total ocho hombres (más, en ocasiones) que Nacional no pudo romper. Esta vez las llegadas fueron casi totalmente de un solo lado, pero ninguna de ellas pudo ser gol para Nacional. Al final, el Medellín es campeón y lo que sigue es doloroso para Nacional. Perder con el rival de casa no es bueno. Los hinchas del Medellín no se cansaron de recordarnos su triunfo. Nunca nos pudo doler más una derrota.
El segundo torneo del año nos llevó de nuevo a la final. Esta vez ante el Junior. Iniciábamos en Barranquilla y terminábamos aquí en Medellín. Todo estaba listo para celebrar y cobrar la revancha, pero tres goles de Junior nos hizo lejana la esperanza de ser campeones. Las boletas para el partido de aquí de Medellín, se vendieron a precio de venta, porque se pensaba que nadie daba un peso por ese partido. Eso permitió que el estadio se llenara. Era increíble el entusiasmo de todo el mundo. El optimismo reinaba en los jugadores y el cuerpo técnico. Sorprendían las declaraciones de los jugadores, cuando afirmaban que estaban seguros de dar una sorpresa esa tarde. Luis Eduardo Arango, un reconocido actor paisa, decía en la televisión nacional que cuando uno encontraba un billete de $50.000 partido a la mitad, no tenía $25.000, sino que no tenía nada. Con ello trataba de decir que todavía Junior no había ganado, a pesar de que hubieran hecho tres goles en su condición de locales.
Decidí ver ese partido solo en mi casa. No quise ir al estadio con mis amigos de la-banda. Llegó el día y pasó lo imposible, dos goles en el primer tiempo hacía augurar que lo imposible podría ser posible. En el estadio todo el mundo coreaba "sí se puede..." en un grito eterno que no paraba. La actitud de los jugadores en la cancha era increíble, no esperaban un segundo para nada, siempre iban al ataque, siempre. Ni siquiera acomodaban el balón antes de cobrar un tiro de esquina (comentaba luego un tío mío). Hicimos cinco goles, pero Junio metió otros 2, con lo cual empató la serie. Era de no creer. Después de ir 5-1 (con lo cual gabábamos el partido y la serie), Nacional dejó a Junior retomar el balón, y vino el 5-2 que obligaba los penaltis. Fallamos. No había palabras para describir lo que se sentía. Alegría por haber demostrado que no todo estaba perdido. Pero también una rabia por haberse descuidado en los últimos cinco minutos.
Dos finales. Dos subcampeonatos. Ése fue el balance al terminar el 2004. Juan José salió de la dirección técnica, y Santiago "el Sachi" Escobar, hermano Andrés, ese caballero que todos recordamos, fue el encargado de asumir el reto. Todos lo sabíamos, el reto era ser campeón. Llegó Aristizábal, viejo amigo de la casa. Inició el torneo, y los triunfos también. El equipo lucía distinto, aunque tenía la misma base de jugadores de la campaña anterior, este Nacional era ofensivo, y siempre salía a buscar los partidos, a ganarlos, sin importar ser local o visitante. Fuimos líderes durante todo el torneo. Era un momento magnífico. Se notaba inmediatamente cuánto disfrutaban jugar. Aristizábal, Chicho y Morales aportaron toda su experiencia internacional, a un grupo que, a pesar de estar conformado por grandes jugadores, necesitaba un toque de manejo, ése mismo que faltó en los últimos minutos de la final contra el Junior (que nunca olvidaremos).
Llegaron las instancias finales, algunas fechas antes de los cuadrangulares, ya estábamos clasificados. Se decía que de nada sirve ser el líder, si al momento de la verdad no se ganan los partidos decisivos. Ese temor rondaba, porque desde cuando el torneo colombiano es doble (apertura y clausura), ninguna vez el líder del torneo llegaba al título de campeón. En fin, ya estábamos en la final, pero estábamos de igual a igual con los demás equipos, así que nos tocaba demostrar si el favoritismo tenía bases. No empezamos muy bien, porque el primer encuentro ante Cali, lo empatamos a cero goles, a pesar de ser locales. En parte los temores tomaban vuelo. Seguía el clásico. Ése que después de junio de 2004 sabe a revancha. Durante el torneo regular, habíamos ganado todos los clásicos, uno de ellos por goleada. La rencilla con los aficionados al Medellín, cazada desde el año pasado, cobraba vuelo. Sobraban explicaciones de parte y parte. Haber ganado esos dos encuentros durante el torneo regular, parecía no importarles muchos a los hinchas del Medellín, pues al fin y al cabo nos habían ganado el torneo. De ahí que aseguraban, con notable sobradez, que podríamos ganar todos los clásicos, pero que los definitivos no los ganaríamos.
De alguna manera habíamos sentido pesar por tenerlos en el mismo cuadrangular, pues de alguna manera sabemos que esa final podría volver a presentarse, y si era este año teníamos el mejor equipo para afrontar con creces ese reto. Ganamos el clásico, con un arbitraje discutido, con equivocadas decisiones que afectaron a ambas partes. Luego, seguía el Tolima, el único que nos había ganado en nuestra condición de locales. El sistema de Tolima era bien conocido: defenderse muy bien, marcar un gol en los primeros minutos, para luego manejar el marcador aprovechándose del desespero del adversario. Con esa fórmula nos habían ganado. Era un miércoles por la tarde, y antes de los primeros veinte minutos, ya perdíamos un gol a cero. Parecía que la profecía se cumplía. Hasta el minuto 45 no encontrábamos la forma clara para marcar el gol, pero se notaba la dificultad que le costaba a Tolima defenderse de las ínfulas del Nacional, cada vez más insinuante en el área contraria. Aparecieron los recursos conocidos en este tipo de rivales, como hacer tiempo, tirar el balón a la tribuna, y hacer faltas fuertes para debilitar a los atacantes del equipo contrario. Dicha estrategia, nos alejaba de la esperanza de marcar, pero a la vez abría nuevas oportunidades, como los tiros con pelota quieta, cada vez más cerca del arco que defendía Agustín Julio. Pues bien, en una de esas jugadas, de los últimos dos o tres minutos del primer tiempo, nace un tiro libre ejecutado magistralmente por Aristizábal, que termina en el fondo de la red. El segundo tiempo ya lucía muy distinto, porque Tolima se vio obligado a salir, y al hacerlo dejó espacios que Nacional supo aprovechar bien. Resultado final: ganamos 4-1, y me quedé sin vos. Fue un juego que me devolvió la esperanza en el campeón. Es la típica historia del equipo que no tiene sino un libreto aprendido, y que le cuesta cambiar cuando las circunstancias se lo exigen. Con esa fórmula Tolima había conseguido resultados ante Medellín, y Cali, pero con nosotros no pudo.
Pero faltaba el juego allá en Ibagué, que no sería nada fácil. Y no lo fue. Empezamos ganando, y después hubo penal a favor de Tolima, que cobró Víctor Bonilla, para decretar el empate a un gol, con el que cerraría finalmente el partido. Les habíamos ganado en Medellín, y habíamos conseguido el empate ante ellos como visitantes, pero faltaba el otro clásico y el juego de ida en Cali. Se necesitaban los seis puntos.
De nuevo el clásico. Debido a su victoria ante el Cali, Medellín llegaba con un nuevo aliento. Nacía otra vez la amenaza de que no ganábamos los clásicos definitivos. Si nos ganaban, luego ellos recibían al Tolima, y podrían pelear su clasificación ante ellos. Con un Aristizábal lesionado, ganamos 2-1. Clásico agónico, que al menos nos quitó de encima esa amenaza repetida de nuestros rivales de plaza. El camino a la final estaba más claro, pero no todavía decidido. Faltaba ir a Cali, a buscar un resultado ante un equipo sin nada por lo cual pelear, de esos que fácilmente pueden dar sorpresas. El partido fue otra final adelantada. Otra más. Lo habíamos hecho ante Tolima y ante Medellín en partidos de ida y vuelta. Cali no fue nada fácil, jugó a la altura de su rival, ante el cual había conseguido, como visitante aquí en la ciudad de Medellín, el único punto de todo el torneo.
Había, además, una circunstancia especial. En el otro partido del mismo grupo (Medellín - Tolima), este último se disputaba la posibilidad de llegar a la final. Necesitaba ganar y esperar que Nacional empatara o no ganara ante Cali. A los diez minutos de ambos paridos, era justamente lo que estaba pasando, porque Tolima y Cali consiguieron sus respectivos primeros goles. Personalmente, este (doble) partido fue vivido en circunstancias particulares. Era el día del padre, estábamos donde mis tíos (todos hinchas del Medellín). Todos estaban viendo el partido, y especialmente dos de ellos hacían fuerza para que Nacional perdiera ante Cali, y para que su equipo perdiera ante Tolima. Era horrible para nosotros pensar en que un resultado de Medellín nos pudiera ayudar. Los resultados cambiaban una y otra vez. Pronto Medellín empató al Tolima, y Nacional al Cali. Por un momento, Medellín, de hecho, estuvo por encima 2-1, pero no duró mucho. Pronto estuvieron 2-3, y luego 2-4. Nacional se alejaba de la final. Necesitábamos ganar, y aunque el gol de la victoria no se acercaba, era más honesto y retador depender de nosotros y no del Medellín. Eso hubiera sido fatal. Faltaban quince minutos y Óscar Echeverri marcó el segundo gol, que era su segundo en el campeonato y en el partido. Había sido suplente durante todo el semestre, porque cuando Aristizábal y Pera son titulares goleadores, es difícil tener una oportunidad. Y Echeverri la tuvo, y sí que la supo aprovechar. Dos goles, Nacional en la final por sus propios méritos.
Terminamos pidiendo tiempo, igual que ante Tolima en Ibagué, y ante Medellín. Era muy duro saber que estábamos de nuevo en la final. Ya se sabía que el rival era Santa Fe, quien se clasificó a pesar de haber perdido, pues Envigado no pudo hacer lo propio ante el Caldas. El domingo día del padre fue perfecto, porque era mejor tener como finalista a Santa Fe que a Envigado. Así como era mejor haber pasado por los propios méritos que por favores de otro, especialmente de Medellín. A pesar de eso, no hubo mucha fiesta en casa de mis familiares, pues los hinchas del Medellín (dos en especial) se mostraron hostiles con el triunfo verde. Al final, los del Nacional nos fuimos a otro lado a comentar lo necesario del caso. Hablamos de cuán grande es y ha sido Nacional; de cuándo nos hicimos hinchas del equipo; de la fastidiosa actitud de muchos hinchas del Medellín, que prefieren vernos perder. También, mencionamos el aporte de nuestro equipo al fútbol nacional. Está claro, somos un equipo medular en el torneo colombiano. Si bien Millonarios y América nos superan en títulos, pocas veces ellos han lucido un fútbol de la esquisitez del nuestro. Es más, sus últimas campañas han dejado mucho que desear (baste recordar que al principio de este campeonato América estuvo cerca del desenso).
También dijimos que esta vez era justo, después de dos finales perdidas, alcanzar la estrella, cada vez más fugaz. De eso hablamos nosotros esa vez; de eso se habló durante toda la semana en diarios, emisoras, en esquinas. Muchos aseguraban que sería un nuevo subcampeonato. Hubo muchas cábalas. Santa Fe era un equipo defensivo, presentaba una excelente campaña como visitante, y había alcanzado su última estrella (30 años atrás) justamente ante Nacional, en 1975. Por los esquemas tácticos, el partido pintaba a favor de Santa Fe, equipo capitalino de pobres actuaciones en los últimos torneos. Había llegado a los cuadrangulares haciendo fuerza, y de repente estaban en la final. Además, los paisas que hacían parte de su nómina, conocen muy bien el planteamiento paisa. Uno de ellos, Juan Carlos Ramírez, capitán ahora del equipo rojo, lo fue antes de Nacional. Lo recordamos con amargura porque fue quien desperdició ese penal que le permitió a Junior ganarnos la final más recordada por la afición paisa.
En alguna parte comentaba Juan José Peláez, quien fue técnico del Santa Fe, que si algún equipo podría hacerle daño a Nacional era uno como Santa Fe; mientras que si algún equipo le permitía a Santa Fe lucir su propuesta táctica era justamente uno como Nacional. En el tablero estaba claro: el partido pintaba en favor del Santa Fe. Con un elemento adicional, en contra de nosotros: por sanción de la Dimayor, y por lesión, 6 jugadores de la nómina titular no podrían actuar ese día. Se trataba de Perea (Lesión), Jorge Rojas (venezolano), Humberto Mendoza, Felipe Chará, Ringo Amaya y Héctor Hurtado. Se trataba de la base fundamental del equipo, con la cual habíamos conseguido los mejores resultados. Muchas cosas pondría a prueba esta final. Una de ellas era, inevitablemente, la existencia o no, de ese equipo del que técnico y jugadores como Aristizábal hablaban en las declaraciones. Sí. Ellos nunca se cansaron de hablar de un equipo que lucía más como una familia, llena de camaradería, buenos tratos, amistad, fraternidad. Tener un equipo para afrontar un campeonato, va más allá de contar con 11 estrellas de fútbol y un par de suplentes para relevarlos. No. Se trata de, realmente, conformar un grupo humano sólido, que piense como equipo, no sólo como grupo. Y eso estaba a prueba, porque cuando de los once jugadores que conforman una nómina titular, 6 no pueden actuar, se trata de más de medio equipo.
Terminar de locales tampoco aseguraba nada, pues estadísticamente, desde la implantación del torneo con campeón semestral, sólo una vez el que terminaba de local había conseguido la estrella. El partido en Bogotá representaba varios retos. Uno de los más importantes era el de no perder. También afirman las estadísticas que el campeonato se lo ha llevado quien logra la victoria en el primer encuentro. Otro dato es importante para entender el contexto de expectativas sobre esta final: el terreno de juego. Santa Fe tenía suspendida su plaza, y había actuado como local en estadios alternos como el de Tunja. Solicitó a la Dimayor obviar por una fecha, la fecha de la final, esta sanción. Finalmente se accedió por cuestiones de seguridad, pues el Campín era un escenario que posibilitaba más los operativos necesarios para garantizar un encuentro seguro.
Miércoles 22 de junio. 7:45 p.m. Están ambos equipos en el terreno de juego, que se encuentra en las peores condiciones, porque apenas se autorizó el campín para ser el escenario de la final, la administración estaba sometiendo el gramado a un tratamiento que apenas llegaba a la mitad. Parecía un potrero, realmente. El partido resultó discreto. Mucho juego fuerte, patadas de lado y lado, pocos movimientos de parte y parte. Al final, un 0-0 que ilustra a la perfección el partido; también realzó la esperanza verde, pues habíamos mantenido un cero, fundamental para el planteamiento en Medellín. Sin embargo, esto no fue motivo de preocupación mayor para Santa Fe, pues se tenían confianza en su labor como visitantes. Habían llegado a la fina, después de perder dos goles a cero ante Envigado en Bogotá, y haber ganado por un gol a cero en el partido de vuelta en Envigado.
Desde ese mismo día el técnico de Santa Fe, habló de su planteamiento defensivo, y de la posibilidad de los penales, como fórmula para llevarse el título de campeones. Se mostraba demasiado seguro. Incluso llegó a afirmar que era hijo de Dios y que él siempre quería lo mejor para sus hijos. Juan José, junto con una gran cantidad de comentaristas, afirmaban que sería un partido donde Nacional saldría desde el primer minuto a ganar el partido, y que Santa Fe esperaría la oportunidad para contragolpear y hacer lo suyo. Sería un partido cerrado, donde cualquier error en defensa podría costarle caro al Nacional. Por lo tanto, la paciencia debería ser el principal componente de la fórmula verde.
Es el domingo 26 de junio. El Atanasio está más bello que nunca. Hay papeles picados, banderas, camisetas, girnaldas, bombas... de todo. Si algo estaba claro, era que tanto en jugadores como afición, las dos finales anteriores nos habían servido para madurar. Ante Medellín aprendimos a ser humildes y a reconocer que los partidos hay que jugarlos antes de darlos por ganados. Ante el Junior aprendimos que el partido se acaba cuando el juez dé el pitazo final. Y que uno no le puede entregar el balón al otro equipo para que proponga. De su parte, la afición también tenía claro su papel: animar sin acosar, desesperar ni presionar. Ha comenzado el partido. Minutos antes los seis que no pudieron jugar habían salido al terreno de juego a animar a la tribuna. Todos, incluso los que no jugaban, tenían la camiseta puesta, por la foto, y por la moral. En los primeros quince segundos ya el arquero de Santa Fe, "Neco" Martínez, debía intervenir ante un remate que hacen hacia su portería. Eso ratificaba todos los comentarios que predecían el juego desde una semana antes cuando se supo el nombre de los finalistas.
Santa Fe mostraba un solo hombre en punta, Yáñez, que lucía un poco perdido porque no le llegaban balones. Por su parte, Nacional tampoco encontraba su juego, no lograba descifrar la clave de la defensa. En el medio campo, la mayoría de los balones los ganaba el equipo rojo. Chicho, que lucía como zaguero central, no tuvo control de muchos balones que circulaban en su área, y muchas veces dejó comprometida a la defensa. Nacional ni se acercaba, mientras que cada avance del Santa Fe era peligroso. Esos primeros instantes del partido dejaron ver a un Zuñiga agotado por el viaje desde Holanda, donde había actuado con la selección sub 20, mientras que Marrugo, quien venía del mismo torneo, tuvo más alientos para correr de lado a lado el medio campo, para pasarle muchos balones a Chumi, quien no estuvo en su mejor tarde. Aristizábal ni se veía. Llegó a pocas jugadas. En cuanto a nómina, fue un partido parejo. A pesar de haber protagonistas, ningún equipo mostró figuras contundentes en esa primera parte. Salvo Saldarriaga, en Nacional, quien atajó una complicadísima pelota de tiro libre que cambió de rumbo cuando ya estaba jugado hacia el lado contrario, y gracias a sus reflejos pudo reacomodarse y atajarla. Fue en fracciones de segundo. El primer tiempo deja un balance, tal vez predecible, pero de todas maneras triste: cero a cero, y una estrella fugaz que no se dejaba ver.
Ha empezado el segundo tiempo. Yo sabía que así, aguerrida, cerrada, iba a ser esta final. Sin embargo, ese resultado favorecía más las intenciones y propuestas del Santa Fe que las nuestras. Además, en el segundo tiempo Santa Fe se decidió a salir para buscar el juego. Atacó a través de varios de sus hombres. Hizo daño. El suficiente para que la defensa tuviera problemas y se quedara a la expectativa de la reacción de Saldarriaga, quien estuvo por encima de la cada situación de reto. Cuando se le exigió dio. Había seguridad en su actuación, pero cuando un portero debe salvar es porque el rival ha vencido las líneas defensivas. Efectivamente, Santa Fe estaba más cerca de la portería nuestra que nosotros de la suya. Incluso, en un tiro libre hubo un gol, afortunadamente anulado por evidente fuera de lugar. Se acercaban los treinta minutos. Nadie quería penales, pero ésa parecía ser la vía para desequilibrar fuerzas, en un partido donde el cero mostraba fielmente lo sucedido en el terreno de juego. Hubo varios tiros libres que ni Morales ni Aristizábal lograban concretar. El paisita pedía desde la radio no bajar el optimismo. El gol llegaría. Uno de sus comentaristas mencionaba el nombre de Carlos Díaz como opción en el cabezaso. La pelota quieta era la opción, porque el bloque defensivo de Santa Fe era duro. Algo me dijo que el gol estaba cerca. No me terminaba de convencer esa idea, pero evidentemente me había tranquilizado, y empecé a notar un nuevo aire en el partido. Una ligerísima inclinación en favor del fútbol de Nacional.
Los pálpitos, intuiciones, es decir, el sexto sentido, en mí funciona en fracciones de segundo. Cuando vi el rostro de Horacio Serna en la final con Medellín, vi en el un peligro. Y efectivamente fue él quien marcó el gol definitivo para el triunfo del Medellín. Pero cuando veía las caras de los jugadores de Santa Fe, ninguno me decía nada. Ni siquiera cuando veía a Yáñez, el supues peligro para nosotros. Habían cambiado a Zuñiga por Rambal. Inmediatamente la punta derecha mostró otro aire. También hubo un cambio en Santa Fe; salió Aldo Ramírez para ser reemplazado por Mario Gómez, con la intención de atacar más para conseguir, de pronto, el gol definitivo que los dejara con el campeonato, y a la vez conseguir que Rambal tuviera que retroceder más y no se proyectara tanto en ataque. Ya el técnico santafereño alistaba su segundo cambio para enfatizar esa idea, cuando hay un tiro de esquina cobrado por Marrugo, ante el cual la defensa roja se confunde, y Días emboca el balón por encima de los zagueros, para dar el primer gol. Luego dijo que se le voló al profe, pues su zona es la defensiva, además, por su experiencia, era el llamado a liderar la zaga, en compañía de dos suplentes llevados a titulares en esa final por la necesidad. Era la ilusión de alcanzar la fugacidad, de derrotarla y convertirla en certeza. Éramos campeones. Faltaban diez minutos. La celebración demoró varios. Un equipo ya fogueado en finales, no arriesgaría como lo hizo ante Junior cinco minutos antes de finalizar esa final.
Estábamos reponiéndonos de la emoción, cuando Rambal genera una jugada de proyección por su punta, saca a un defensa rojo (que todavía debe estar buscando por dónde se le metió el balón), y el centro hacia atrás encuentra una zona libre a la cual llega Echeverri, quien sin dudar remata al arco y convierte el segundo del partido. Aristizábal había logrado la atención y la marca de los defensores y Echeverri quedó libre para rematar directo al arco. Faltaban casi cinco minutos para alcanzar la estrella fugaz. Era una diferencia amplia, pero por poco que se acabara, no se había acabado. Nacional controló aún más el balón desde entonces, y pocas fueron las oportunidades que tuvo el Santa Fe para descontar. Antes del pitazo final hubo que atender a varios jugadores, algunas faltas y otra serie de sucesos como un conato de pelea entre jugadores, que dilataron el final del partido. Tres minutos de adición. Vencido el término del tiempo, cuando el balón estaba en zona del Nacional, llega la esperada señal de que el tiempo había acabado. Éramos campeones. Campeones. Habíamos alcanzado una estrella, bastante fugaz, que nos dejó dos veces el sabor amargo de la derrota, derrota al ego en una ocasión; derrota ingenua en otra. Gritamos CAMPEÓN tantas veces como nuestra garganta nos lo permitió.
Habíamos ganado un partido difícil, al que habíamos llegado por ser los mejores en un cuadrangular demasiado difícil, que hasta el último minuto tuvimos que luchar para asegurar nuestro cupo en la final. Final que, conforme a los vaticinios, resultó cerrada, con un Santa Fe confiado y claro en su sistema. Ganamos en varios niveles. En el parido, porque supimos ser pacientes, y esperar el gol, que se sabía iba a ser lejano. Me sorprendió el segundo, porque yo esperaba un 1-0, también en los últimos minutos. No dimos espacios atrás, y aprovechamos un recambio para generar espacios en zonas protegidas. Ganamos el campeonato, porque fuimos regulares, porque conformamos un equipo muy unido, conocedor de su sistema, con unos suplentes que supieron dar lo que se necesitaba de ellos.
Y a esta afición, la mejor del país, con un promedio que supera los 30.000 asistentes por partido, un grito de campeón ahogado dos veces consecutivas, memorables, como dolorosas. Vencimos las cábalas, a la vez que confirmamos muhcas de las predicciones sobre el juego.
Mi celebración, en el parque Lleras con mi hermana y mis amigos. Un piso totalmente blanco por la harina, y unos rostros rojos de gritar. Voces disfónicas, mentes acaloradas, y gargantas atragantadas de la emoción. Fuimos campeones. Alcanzamos la fugaz estrella. Se hizo justicia, y ahora no nos pueden decir un montón de cosas que estaban disfrutando decirnos. Ganamos porque fuimos los mejores, y lo demostramos una y otra vez. Este es el cuarto título en torneo local que celebro con mi verde. Seguramente serán más, porque este equipo es grande. Es Nacional.
Carlos Andrés Arango
junio 28 de 2005
1:41 a.m. en el mueble de la sala.
