El niño del pijama de rayas: un nuevo intento por retomar un tema viejo




Allí en la sala, costaba creer que toda esa gente realmente había elegido ver esa película en ese lugar. Las reseñas de la cinta hablaban claramente de un filme sobre la guerra y la muerte inocente, un tema tal vez poco atractivo en época de vacaciones. Sin embargo, la sala del multiplex se llenó de espectadores como si se tratara de alguna comedia ligera de fin de semana. No debería parecer extraño: mucha gente no lee reseñas antes de entrar a cine; pero nadie salió antes de terminar la proyección.

Con todo, a veces es bueno creer, aunque un tanto ilusoriamente, que ése es uno de los méritos del arte: volver a contar muchas veces -desde muchas ópticas- una misma historia. Ahí, creo, está el mayor mérito de esta cinta: ser capaz de volvernos a hablar del conflicto nazi, del holocausto, del absurdo de la guerra, del amor en medio de la masacre, y hacernos sentir que es necesario revisar la historia.

La manera como esta cinta lo logra es sencilla: nos deja asistir en un plano micro, a un hecho que ya conocemos desde lo macro. El paisaje de El niño del pijama de rayas está lleno de sensaciones hogareñas, en ausencia total de los artefactos y explosiones típicos de la guerra. Simplemente, a través de los ojos de Bruno, el niño protagonista, vamos encontrando imágenes dispersas de personas “no personas” vestidas con “pijama” que trabajan al otro lado de la cerca. De esa “granja” pronto saldrá un nauseabundo humo negro, y la cámara es el vehículo de la mirada inocente.

Esta visión infantil, conformada por fragmentos dispersos de la realidad y no por una visión completa, se une en buena forma con el minimalismo que el director logra darle a la historia, en la cual aparecen pocos personajes, pocos lugares, y pocos puntos de giro del argumento. Tal vez dos detalles escapan de ese aprecio por lo mínimo: la música, a veces con un tono elevado de dramatismo (innecesario); y la escena final, donde ocurre la tragedia mayor, en la cual la presencia de la lluvia ya suena a lugar común. Tampoco aporta a la credibilidad que la película sea hablada en inglés, y los reiterados encuentros de Bruno con su amigo judío en la cerca del campo de concentración.

Por eso, este filme destaca de la oferta actual de la cartelera casi por la misma razón que los tuertos suelen reinar en tierra de ciegos. Es una película sazonada con la combinación de pequeñas virtudes y recurrentes fórmulas gastadas. Uno de los puntos a favor, bastante escaso en el cine “tipo multiplex”, es la posibilidad de ver la manera como los personajes se van acomodando a un mundo, dentro del cual evolucionan. Esto es más claro en el caso de la madre y la hija (ambas en dirección opuesta), aunque se nota desaprovechado en el caso del papá de la casa, que no tiene ni la fuerza ni el temperamento de un típico militar nazi (al menos como la literatura y el cine nos los han representado tradicionalmente).

En síntesis, vemos una película que no se dispersa ni cae en lo cursi, en la conmiseración, o el rechazo, con el mérito de intentar otro enfoque a un tema cinematográficamente recurrente.