Profesores que sólo escriben exámenes



(Y que a veces los escriben mal)


Por Carlos Andrés Arango

Los toros se ven muy distinto desde la barrera. Eso siempre se ha sabido. Y en lo referente a la escritura académica, se supondría que todos, profesores y estudiantes, deberían estar siempre en el ruedo, es decir, deberían tener una actividad permanente de enfrentar al toro de la escritura. Sin embargo, no esa así: profesores y estudiantes no están todos en la arenilla; los profesores se encuentran observando a los estudiantes desde su barrera. Y desde allí todo se ve distinto porque es mucho más fácil juzgar cuando se tiene la última palabra, o sea la nota -como se le llama en el lenguaje académico.

Nuestros profesores no escriben. Los textos abordados en su clase no son producidos, comentados o reelaborados por su escritura. Por eso les queda tan fácil pedir escritos a sus estudiantes: "Háganlo cortico, de 10 hojitas", dicen con la mayor tranquilidad. ¡Claro!, como ellos poco saben qué es meterse en un procesador de texto a escribir diez paginitas, en las cuales se debe enfrentar el pánico de la hoja en blanco, la tiranía de las palabras ausentes, o la falta de mejores expresiones para los argumentos; les queda muy fácil, desde la barrera, juzgar el bajo nivel de la calidad escritural de sus estudiantes.

No son pocos los problemas generados por esta conducta del profesor. Al ignorar el proceso de producción textual, las complejidades, las diatribas, los riesgos, los estancamientos, y otros fenómenos conexos al proceso de escritura, juzga mal a los estudiantes; quienes, por su parte, al no encontrar referentes próximos sobre la escritura, acuden a estrategias no siempre sanas, como pegar en su trabajo textos bajados de Internet. Muchas veces esta última conducta no es percibida por los docentes, pues ellos, al ver la cantidad de trabajos que deben revisar, limitan su evaluación a dar una hojeada rápida a unos cuantos párrafos sobre los cuales asientan, como el más certero de los críticos taurinos, un chulo. El profesor que sólo chulea no difiere en mucho del espectador que, creyéndose técnico de fútbol, desde la tribuna afirma con certeza los cambios necesarios para ganar el partido.

Del otro lado, quienes sí están (porque les toca) en el ruedo, a lo largo de su historia han generado todo tipo de maniobras para esquivar al toro, es decir, a la escritura. Es sabido entre los estudiantes cómo y cuándo entregar un trabajo escrito para evadir los grados de exigencia del profesor en el momento de la revisión. Si varios se han copiado entre sí fragmentos (o la totalidad) del trabajo, lo entregan en orden distinto. En los corredores se escucha la recomendación de nunca entregar de último un trabajo, pues el orden de entrega es inverso al de revisión: "Los últimos serán los primeros", en virtud de la forma como los profesores acumulan los trabajos uno sobre otro. En efecto, los primeros trabajos entregados serán los últimos en ser revisados. Por eso se aconseja entregar de primero para "coger cansado al profesor". Siguiendo este principio, algunos estudiantes han escrito insultos a su profesor, y éste los chulea. Las cuentas de los alumnos son eficaces: cuarenta trabajos por grupo, varios grupos por materia, diez "hojitas" por trabajo, pueden sumar una cantidad exagerada de textos que el profesor luego deberá revisar. ¿Los leerá todos? Si no lo hace, ¿cuál es entonces el criterio de evaluación? También es famosa la historia de un profe apodado "Gramera", quien al parecer no leía los trabajos sino que los pesaba: "Los trabajos más largos, de más hojas, recibían mejor nota", afirmaban los estudiantes.

Pero más allá de las acusaciones de uno y otro lado, surgen interrogantes: ¿Por qué los estudiantes copian? ¿Por qué algunos profesores no perciben tal copia? Es evidente que, en muchos casos, los profesores no tienen claro el objetivo al asignarle trabajos escritos a los estudiantes. En general, pocos docentes podrían descomponer la materia en términos de competencias para desarrollar en el estudiante y mostrar la forma como cada encuentro evaluativo aporta a dichas competencias. En otras palabras, el objetivo del trabajo, que luego tendrá al estudiante enfrente de la pantalla de su computador, es (sólo) cumplir con una nota. Es reconocida la frase de los docentes: "Hagan un trabajo sobre…". Lo único que cambia es sobre qué. En ese trabajo, sin parámetros, objetivos ni perfiles de competencias claros, cualquier arandela puede ser colgada. Así, el estudiante acopia cuanta información encuentra (muchas veces de una única publicación) y transcribe (sin un mínimo respeto a las normas de citación y referencia de fuentes consultadas) retazos que se le antojan parecidos a las pocas directrices dadas por su profesor. ¿Quién no se ha encontrado en una biblioteca libros rayados con las marcas "Esto sí", "Esto no", "Hasta aquí", y otras similares? Lo saben las personas que trabajan en los lugares donde transcriben trabajos escritos: en bastantes ocasiones el material entregado por el estudiante para la elaboración de su tarea es un libro o una fotocopia subrayada. Y eso es lo que el docente lee, cuando lee.

Lo grave de no escribir, en el docente, va ligado a formas de pensamiento. Muchos no escriben pues piensan que no tienen de qué escribir, que ya todo está inventado. De este modo, el docente se concibe a sí mismo como un reproductor, similar a un curso de inglés en casetes, que siempre dirán lo mismo y en el mismo orden. En todas las instituciones educativas se conocen los profesores que dictan el mismo curso, con los mismos acetatos, con los mismos trabajos y los mismos ejemplos. Semejante extravagancia reduce la acción docente al simple recital.

Pero, ¿por qué debe escribir el docente?, ¿qué lo obliga a llevar su pensamiento a lo escrito? Esas preguntas son válidas, y permiten ver en perspectiva qué educación queremos. Lo importante en ella es qué valoraciones supuestas impulsan a la premisa de que el docente debe escribir. Sin embargo, aun sin una reflexión profunda al respecto, está claro que la universidad no lo prepara para hacerlo; al docente se le supone competente escritor. Paradoja: cuando fue estudiante tuvo dificultades con la escritura, y ya docente se le cree hábil en ella.

Un docente no-escritor es peligroso porque se sustrae a la rigurosidad de la academia, que supone los ejercicios de la interpretación, la argumentación y la proposición. No es accesorio a la universidad la escritura. Al contrario: el escribir es condición de posibilidad del ente universitario, en su ser y su hacer, porque si una organización educativa no genera conocimiento, si no lo lleva a sus estudiantes, y si no lo extiende a la sociedad, sólo podría considerársele instituto o escuela. Mas en esas funciones connaturales de la universidad, se encuentra inmanente la actividad de la escritura.

Sin un ejercicio permanente de escritura, el docente comete delitos académicos silenciosos, pues no se le pueden imputar sus opiniones, que se encuentran escondidas en el discurso oral (lo cual lo asemeja bastante al culebrero). Podrá poseer carisma, conocimiento, experiencia; pero alejado de la escritura, no aporta mayor cosa al conocimiento, y no está autorizado para ser Maestro.

Publicado en Mercaturas, Revista Facultad de Administración, USB.