
Si un día nos encontráramos en la calle con un personaje que mueve ágilmente las manos sobre tres pelotas de plástico partidas por la mitad, colocadas sobre una improvisada caja de cartón, mientras pregunta dónde está la bolita… seguramente no nos sorprenderíamos. Tampoco si vemos cómo algún transeúnte desprevenido pierde allí el dinero jugado, a pesar de haber estado tan seguro de su apuesta.
La falta de sorpresa surge de la costumbre: nos hemos habituado al engaño, al menos lo suficiente para convertirlo en un hábito, tanto en el sentido de cubrirnos con él como en el de volvernos hábiles en su dominio. De hecho, el conjunto de todo lo que sabemos sobre la práctica de la estafa conforma una inmensa enciclopedia; una que ilustra detalladamente acciones como “tramar” y “tumbar”: la primera para todos elementos de la puesta en escena del engaño; la segunda para aludir al resultado. A pesar de eso, el diccionario de la Real Academia Española no concibe, en ninguna de sus catorce acepciones de “tumbar”, la de “trampa”.
Nuestra historia cotidiana se encuentra tan relacionada con la artimaña, la estafa o el chanchullo, que hemos llegado a considerar como culpable del engaño a aquel que dio papaya, pues no darla -según el saber callejero- es el “onceavo” mandamiento (el “doceavo” -su antítesis- ordena aprovechar cualquier papayazo).
De eso -de tumbadas y papayazos- trata Incautos, filme dirigido por Carlos Bardem. Ernesto, su protagonista, ha aprendido desde las primeras experiencias de infancia que la vida es un completo engaño, en el cual más valen unas mentirillas redentoras que una hilera de virtudes, pues mientras éstas no te salvan, aquéllas sí. Desde niño, Ernesto se pregunta cómo confiar en el mundo si su padre lo confinó en un orfanato del cual prometió falsamente sacarlo después de unos pocos días.
Si la forma de evadir las injusticias de los prefectos del hospicio fueron los desmayos fingidos, no muy distintas serían luego las estrategias para conseguir su mejor amigo primero, y una forma de ganar la vida fuera de allí después. En adelante, Ernesto encontrará más seres extremos, solitarios, que también han asumido los márgenes (sociales, emocionales, económicos) como el espacio de acción para su vida.
Con El Manco, anciano simpático, y Federico, el más hábil, sutil, sobrio e inteligente de los timadores, aprenderá el arte de embaucar. Juntos, se toparán con la gran oportunidad: un “Mirlo blanco”, el gran golpe soñado por todos los timadores, y que les permitiría el retiro de la carrera.
No realizar timos superiores a las doscientas mil pesetas, gastarse hasta el último centavo de cada negocio antes de realizar el siguiente, no efectuar excesivos golpes continuos... se plantean como lineamientos del credo compartido por estos profesionales; credo fundador de una poética del engaño, que los espectadores descubrimos progresivamente con el protagonista.
Una moral así nos resulta cercana porque en nuestra cultura –de varias maneras- hemos establecido relaciones cambiantes con la moral del fraude: bautizamos como “vivos” a aquellos sujetos ágiles para tumbar. Además, “avispado” o “vivo” aparecen como calificativos que, por alguna razón paradójica, comparten con honrado y honesto un preciado lugar en el vocabulario de las virtudes del paisa.
Incautos es un filme cuya vitalidad temática pospone las discusiones sobre lo cinematográfico. Baste decir que la voz (en off) de Ernesto nos acompañará en primera persona para exponernos su historia, y que incluso en dos ocasiones mirará de frente a la cámara durante la narración, como para darle credibilidad a un relato protagonizado por mentirosos, donde los estafadores mismos también podrían salir timados.
Desde las anécdotas del billete falso, o el famoso paquete chileno, hasta aquella infortunada vez cuando dejamos entrar a casa un extraño que fingía ser funcionario de alguna entidad estatal, muchas experiencias cercanas nos harán divertido el paseo por la película de Carlos Bardem.
Abril 24 de 2008
Publicado en El Colombiano, lunes 25 de abril
