Girardota, 1986: Relato Crónico

(Versión 1.1)


De pájaros y escopetas
Que los pájaros le tiren a las escopetas es ya una cosa común en estos días. Pero no le era aún en el 86 cuando mi papá jugaba en el equipo de microfutbol más malo de todo el pueblo: “Los locos del toque”, y cuando yo icé por primera –y última vez- la bandera de Colombia en la Escuela Urbana de Varones de Girardota. Tampoco había sucedido aquel memorable suceso en el que un brasilero mordiera a su perro, situación que desvirtuó el típico ejemplo de las clases de periodismo cuando los curtidos cargaladrillos-profesores intimidaban a los ingenuos-asombrados alumnos con aquello de que... “Noticia no es que un perro muerda a un hombre; noticia es que un hombre muerda un perro”. Pues queridos profesores de periodismo, en Brazil, ya un hombre mordió a un perro. Pero eso fue después. Estamos en 1986 cuando yo tenía 7 años, vivía en Girardota y aún los pájaros no le tiraban a las escopetas, ni los hombres mordían sus perros.

Por eso es extraño el recuerdo de mi primera infancia, porque salvo las fiestas del Señor Caído y las peregrinaciones desde Medellín en Semana Santa, en Girardota –mi pueblo, no pasaba nada. Nos levantábamos de madrugada y subíamos hasta la escuela, nos mimetizábamos en los pupitres durante unas horas, luego el recreo, después nuevamente mimetizados, y de nuevo a la casa; planas, recortar el abecedario del periódico, divisiones por dos cifras, escribir 100 veces “burro” con la “b” correcta y “caja” con “j”; ver “Plaza Césamo”, “Pequeños Gigantes” y “Los Magníficos”; salir a la calle e imitar los chistes de “La Rana René”, las estupideces pequeñogigantes y las persecuciones de “Mario Baracus”.


También en 1986, Mario, un pelao de Copacabana salió expulsado de la escuela “Regional de Varones” a los 14 años, en la vereda “El Coco”. Sus antecedentes no eran muy alentadores: repitió dos primeros, dos segundos, y no alcanzó a repetir ningún tercero porque Marcos Uribe, el director de la escuela, no soportó más las pirómanas ocurrencias de Mario, y consideró que intentar un incendio en el techo de paja de la escuela era ya demasiado alcance para su edad. Ese año el regalo de madres que Mario le dio a Doña Hermilda, su tía-madre fue la orden del director de que el segundo lunes de mayo firmara el acta de expulsión de su (hasta ese día) sobrino-hijo. Para el segundo martes Mario ya estaba en Girardota con su verdadera madre, doña Rosa.


Chucho, El Rey
Julio y Hernando le robaron $10.000 a don Jesús, el tendero de la vereda “El Coco” en Copabana. Eran un poco menores que Mario, pero desde la escuela le seguían los pasos, no exactamente desde la piromanía, pero sí desde el autopréstamo de bienes ajenos, especialmente dinero, porque al menos les quitaba la angustia de tratar de vender radios, relojes y maletas de estudiante de escuela de vereda de pueblo. Algún domingo de agosto, contentos por la hazaña, bajaron de su vereda al parque principal a tomarse unas cervezas con el dinero obtenido por su más reciente “trabajo”. Con lo único que no contaban era con que don Jesús, quien los venía siguiendo desde arriba en la vereda, estaba estrenando revólver y había encontrado, relativamente fácil, un motivo para usarlo.

Julio y Hernando, desprevenidos, entraron a la cantina “El Rey” dispuestos a escuchar sus canciones favoritas, conseguir bellezas femeninas-nocturnas para la noche joven y beber con sus $9.900 (el colectivo de bajada les costó $900). La alegría se transformó en pánico cuando don Jesús anunció se entrada triunfal a “El Rey” con un disparo al aire. Asustado, Hernando le indicó a Julio que se fueran por la puerta de atrás para evitar ser carne de cañón ya que “Chucho” estaba tan alebrestado. Julio, confiado como cuando se quedó dormido en la cama de sus suegros el día que explotó el fruto de su primer amor, le hizo a Hernando un gesto de tranquilidad. Para él la situación era sencilla: utilizar ganzúas para sustraer el dinero de la caja de cartón donde habitualmente lo guardaba don Jesús era un método tan peligroso como seguro. Peligroso porque de caerse el paquete una vez agarrado por la ganzúa, el ruido podría interrumpir la siesta dominguera de la víctima –entiéndase don “Chucho”; seguro porque les permitía hacerlo sin que su rostro fuera siquiera percibido por el despreciable sujeto. Además, era sabido por todos, que las siestas domingueras del tendero líder en ventas de la vereda “El Coco”, eran por dos motivos: uno proveniente de la ingesta de alimentos (en el comedor), y el otro por el cansancio producido por la libidinosa actividad posterior (en la cama) con su esposa.

En conclusión, si no nos vieron la cara, no tenemos por qué tener miedo. Pero como aquella primera vez, la confianza de julio le hizo meterse en una situación difícil, similar a la encrucijada que vivió cuando años atrás el suegro lo encontró en su propia cama, dormido y abrazando semidesnudo a su hija. Sólo que esta vez fue peor, arma de fuego nueva incluida. Tres tiros lo ratificaron, y la sorpresiva caída de dos mujeres, previamente acomodadas en dos piernas varoniles-dispuestas-hambrientas y con plata, fue el aviso para el público presente.

Tal como lo había aconsejado antes Hernando, ambos salieron por la puerta trasera, perseguidos por un furioso “don Chucho” ávido de sangre, y convencido de que éstos eran los ladrones, porque, a diferencia de todos los domingos, su mujer se negó al acto sexual y se fue, una vez preparado el banquete dominguero, a postrarse en la casa del árbol. Desde allí desde observó a los dos timoratos adolescentes violar el espacio íntimo de su casa y sacar el dinero. Una vez se fueron, bajó del árbol y le avisó a su esposo, que como de costumbre, demoró algunos minutos en despertar.

Los caballos ubicados en la parte de atrás de la cantina, propiedad de los dueños del lugar, les sirvieron a los dos intrépidos para atropellar las calles pavimentadas de Copacabana en dirección Girardota. Todavía en ese instante, todo mi pueblo pensaba que allí no pasaba nada.

Mientras tanto, yo podría estar viendo “dejémonos de vainas” o “profesión peligro”, sin saber que a pocos minutos había una historia que combinaba ambas. Mario estaba en el parque, como era su costumbre, también sin pensar que llegaría la historia de sus anhelos, no sólo por sus atributos, sino porque era real.

Dos caballos entraron presurosos al pueblo; eran conducidas por mentes tan cortas (tan poco universales) que no conocían siquiera a Girardota. Pero allí fueron a dar, arriba por el viejo cementerio, la vieja cancha de microfutbol que había presenciado las mil y una locuras de los locos del toque (todo menos un partido ganado, aunque fuera “por doble u”). Como “Montana” se conoce aún esta parte vieja del pueblo, compuesta esencialmente de cosas viejas: cementerios, canchas, casas, colegio y... la CÁRCEL. Pero como los presos ya no cabían, la alcaldía financió un proyecto de remodelación y ampliación de la cárcel.

A raíz de este proyecto, los presos más notables –entiéndase peligrosos, tuvieron una pasantía en Bellavista, y los “domésticos” se quedaron en casa, e incluso ayudaron con su mano de obra a remodelar su hogar. La remodelación incluyó un nuevo techo, celdas más amplias y baños más parecidos a baños para seres humanos, donados por Mancesa, fábrica ubicada en el pueblo.

Atrás de Julio y Hernando, a escasos 20 metros, venía don Chucho (sin comillas porque ya nos estamos familiarizando con él), no menos inexperto en el dominio de aquel viejo caserón ubicado en la parte alta del pueblo. Cabe anotar que pasaron por el parque lo sin llamar la atención porque es normal ver borrachos en caballos, uno en pos de otros, y haciendo amagues de dispararles.

Sentirse acorralados en un lugar desconocido, sin arma de fuego para responder a don Chucho y su escuadrón (que bien podría llamarse guardias de El Rey porque todos tenían su centro de operaciones allí) no es una situación muy divertida, por lo cual una casa aparentemente vacía y oscura es un buen refugio. Fue así como Julio y Hernando, conducidos por el salvaje instinto de conservación, abandonaron sus caballos, treparon a un árbol y se metieron a la cárcel.

Los presos internos, la mayoría borrachos retenidos por orinar en la calle o cargos similares, escucharon los gritos de don Chucho y, atendiendo su solicitud, amarraron a los dos jóvenes ladronzuelos, en una muestra de espíritu cívico que hoy les habría valido para rebaja de penas. Al siguiente lunes, lunes de agosto, Mario nos contó la historia a la salida de la escuela, antes de empezar con nuestra acostumbrada secuencia de ejercicios escolares. La (humillante) salida de los ladrones hacia su pueblo natal, nos valió para evitar, al menos una vez en nuestra historia, la mencionada rutina escolar.


Carlos Andrés Arango,
2001