Soliloquia (ejercicio de escritura automática)*

Versión 1.0

Compréndeme. Compréndeme tú. No, eres tú quien no me entiende. Siempre dices lo mismo, pero has sido tú quien nunca ha entendido mi mundo. Pero cuál mundo, si yo no lo conozco siquiera. Cómo lo vas a conocer si cuando te lo expuse te fumabas un cigarrillo. Veía una película, y siempre el cine requiere de mí un cigarrillo. Veías la película que yo te quería mostrar. ¿Ah sí?. Sí, te pedí que vieras esa película, que la viéramos porque ahí mostraban una manera de vivir el mundo sin ser un tipo extrovertido, especialmente extrovertido, y que aun eso, era original. Es una película fofa. Pero ése soy yo, y precisamente para eso quería que la vieras, porque ahí me veo yo. Pero te ves horrible. Exacto, entonces, cómo quieres que te comprenda si tú no haces el ejercicio; tan sólo se te ocurrió fumar un cigarrillo. ¿Por qué no me llamaste la atención?. Lo hice. ¿Cómo lo hiciste?. Me fui. Siempre haces eso. ¿Qué?. Irte; te vas cuando es más necesario que estés. En dónde iba a estar… Ahí, viendo la película conmigo. Pero si no la estabas viendo. Era más entretenido fumar, además la película ya me la había visto; ¿te acuerdas?: éramos novios, y la vimos en cine. Yo no me acordaba de eso, sin embargo, supe que la había visto hacía mucho tiempo y quise que me vieras en ella. Pero cómo te voy a entender si siempre olvidas lo que es importante; además, te vas en los momentos decisivos. ¿Y es que sabías que era un momento decisivo para mí? No, para ti no, para mí. Qué egoísta eres. No, qué egoísta eres tú. No, tú más egoísta: te quería mostrar mi película y te fumaste un cigarrillo. Así soy yo. Tienes razón, así eres, eres egoísta. Lo siento, es que no me entiendes. Eres tú quien no me entiende, a lo sumo me usas: querías sentarme a ver tu película, esa que te explica, y que permitiría entenderte; yo fumé un cigarrillo porque es lo que me demanda el cine, y tan sólo te fuiste. No es una demanda del cine, es una demanda tuya, que por cierto me molesta. A mí me molestó más que no hubieras captado: fumé un cigarrillo viendo la “película de tu vida”, ésa que te explica. Pero lo fumaste porque te parece aburrido. No me interrumpas más: lo fumé -continúo- porque te quería decir que no me importaba cómo fueras, que me daba igual, que así te quería, y punto. Yo no resistí viéndote indiferente frente a mi película. ¿Ves, eres tú quien no me ha entendido?. Sí te entiendo, y podría demostrártelo, pero se me acabó el tiempo. Eres demasiado racional. Se me acabó el tiempo; el ejercicio consistía en escribir de seguido durante diez minutos, y ya han pasado doce. ¿Ejercicio?. Sí, un amigo me dijo que podría ejercitarme en eso de escribir si era capaz de hacerlo de corrido sin preocuparme por ningún orden lógico, ni coherencia alguna, durante diez minutos. Pero en este diálogo hay coherencia, no tiene nada de ilógico, eres un racional siempre, siempre. Tú no puedes decir eso, porque no existes, estás sólo en mi imaginación. Eso crees. No lo creo, lo sé. No lo sabes, lo sospechas. Trece minutos, adiós.


*Hace algún tiempo, Carlos E. me dijo que una manera de ejercitar la escritura era sentarse a vaciar palabras durante diez minutos sin parar, sin importar la falta de coherencia del texto. ¿El resultado?: algo bastante racional... mucho más de lo que me hubiera gustado.



Carlos Andrés,
Marzo 9-2005.

La vida en rosa, de Olivier Dahan

La vida en rosa, bio-grafía de la cantante francesa Edith Piaf , es al mismo tiempo un drama denso, un hermoso homenaje a la imagen, y una invitación a la reflexión sobre el arte, la vida y el amor.

Para lograr un filme satisfactorio en esos niveles, Olivier Dahan -su director- contó con un abundante material sobre la vida de la polémica Edith, a través del cual quiso mostrar cómo alguien vive de manera tan apasionada su arte que llega a fundirse en su propia obra. Como artista plástico que es, ese enfoque debió interesarle a Dahan más que la simple realización de un largometraje sobre la vida de algún famoso (biopic).

Gracias a esa claridad sobre lo que se proponía con el filme, rompe la narración lineal, para mostrar salteadamente fragmentos de la vida de la artista en sus diferentes etapas. Por eso, la narración acentúa, en la infancia, el mundo bohemio, “cabaretil” y circense en que creció su protagonista, a través experiencias rodeadas de abandonos, calles, espectáculo, mundo adulto y enfermedad. Estas escenas aparecen alternadas con el inicio, ascenso y descenso de su carrera, en un recorrido visual que muestra el París aterciopelado en camino de ingreso a lo urbano, y el New York de los music hall.

Frente a ese manejo salteado del tiempo, surgen dos sensaciones. Primero, que en el orden de aparición de los fragmentos elegidos no hay una lógica clara, sino más bien una cierta dinámica de “asociación libre”, que al espectador puede parecerle confusa. Segundo, que –pese a lo anterior- esa asociación abierta le permite escapar a la pretensión de establecer causas y efectos, de justificar en las dificultades infantiles las obsesiones de la vida adulta.

Esa claridad respecto a la historia, también viaja en lo visual, donde destaca la atmósfera pesada, fría, aterciopelada, que logran reflejar colores, espacios y objetos. El uso reiterado del plano-secuencia (que alcanza su mejor momento en la escena donde le informan a la protagonista la muerte de su gran amor), reitera cierto placer en lo plástico de la imagen, y complementa dicha atmósfera.

Pero si bien la película cuenta con un buen reparto, sin dudas la actuación de Marion Cotillard es la que define la consistencia de ese universo recreado en pantalla. Su maquillaje, sus gestos, su expresividad, reconocidos con un Premio Oscar, son el sello definitivo para que la historia se haga creíble. Al menos lo suficiente para que cuando al finalizar la película escuchamos esa famosa canción suya en la que dice no arrepentirse de nada de lo vivido, se configure uno de los mejores finales del cine que por estos días puede verse en la ciudad.



Abril 06 de 2008
Publicado en El Colombiano, el lunes 10 de marzo de 2007.

Conversaciones hologramáticas

Tiempo-pensamiento-lenguaje: me estoy preguntando por ustedes
Versión 1.2




Carlos Andrés Arango Lopera



Llegar a los veinticinco años trae sus consecuencias. Yo lo sabía desde los 19. En aquel año, 1998, hice todo lo posible para que mis amigos no me celebraran la fecha, y, aunque no fue posible, yo tenía bien claro por qué no lo quería: porque eso significaba mi pronta llegada a los 20, y dos decenas de años era demasiado para mí. No es que me sintiera viejo; es que me sentía pre-adulto. Es decir, llamado a la madurez, a la responsabilidad, a la disciplina, y a otros aspectos relacionados con la edad adulta. Desde entonces no ha sido agradable para mí cumplir años. Y si así me sentía en los veinte, qué podré decir ahora en los 25, edad que me certifica como adulto.

Recuerdo ahora que Andrés Caicedo, se suicidó a los 25 porque, según él, las personas sólo vivían experiencias nuevas hasta esta edad, pues en adelante hasta los cincuenta lo vivido se repite mecánicamente. Yo no estoy seguro de eso y mi apatía con mis 25 está más con la forma como yo me percibo, o más bien como quiero percibirme. Los psicólogos bien podrían hablar de autoimagen. Más allá del nombre, es la forma como yo quiero sentirme ante mí y ante los demás. Y de alguna manera, cuando recorro las imágenes que los demás se forjan de los seres de mi edad siento un cierto repudio con lo que resulta en dicho recorrido. De todas maneras, uno se inventa los procedimientos para reforzar esos ideales de menor edad. Y tal cosa sucede de manera reiterativamente cíclica. La redundancia va a propósito de un recuerdo: ahora pienso que una buena edad eran los 21 o los 23. En ese momento pensaba que eran los 19. En fin.

Los procedimientos que uno se inventa respecto a la edad (es una ilusión decir “inventar” porque seguramente muchos seres humanos en uno u otro momento habrán hecho cosas similares...) van en dos direcciones: una, en la cual uno genera estrategias para disminuir la percepción de la edad, y la contraria, en la que uno se da látigo. Hablemos entonces de procedimientos. En el primer procedimiento, uno dice: tal vez esté un poco mayor, pero he realizado muchas cosas con relación a mi edad. En el segundo procedimiento uno se compara con otras generaciones y/o personas con el propósito exclusivo de sentirse “viejo”. En otras palabras, primer y segundo procedimiento son algo así como zanahoria y garrote. Ahí es cuando se hacen cuentas y concluye que las generaciones que ahora entran a la universidad nacieron en la segunda mitad de la década del ochenta, cuando yo ya estaba mediando la escuela. Las reinas, modelos y jugadores de fútbol, así como una cantidad no despreciable de estrellas del cine, la televisión y la música, son bastante menores que yo. He ahí el segundo procedimiento en acción.

Los familiares también se encargan de reforzar este segundo propósito, el de recordar que uno ya está viejito, de diversas maneras. Por ejemplo, comparan la estatura de los nuevos adolescentes de la familia con la de uno. O permiten ir a sus hijos menores al centro comercial si es en compañía de uno, como prueba de que ya se está adulto-responsable, tan responsable que le delegan a sus pequeños.

El primer procedimiento, el de recrear los triunfos personales para sentirme joven no me interesa en este momento, a lo mejor por una extraña sensación que se adquiere con los años, y es la de recordar con nostalgia lo pasado. Una de las mejores señales de que inminentemente soy adulto es que disfruto constantemente más el garrote que la zanahoria. Eso significa que disfruto más del segundo procedimiento que del primero. Por eso las palabras, y gestos recogidos en ese segundo procedimiento, uno las repite en silencio constantemente. También es evidente que me gusta recordar. Y la combinación de todo eso conduce a que me dé por escribir bastante. Escribir no es sólo hundir letras en un teclado; es, en el fondo, tener la ilusión de que uno tiene algo por decirle a los otros. Y aunque uno escriba simples anécdotas, o simples aproximaciones a temáticas conceptuales complejas, en el fondo se escribe porque, a pesar de la sencillez que puedan contener los asuntos, uno cree que a otro u otra alguien le pueden servir de algo. Es con ese último pensamiento que me senté a escribir esta vez. Porque he juntado, tal vez peligrosamente, una serie de sucesos simples de mi vida reciente y no tan reciente, y al repasarlos en virtud del mencionado segundo procedimiento, he terminado por hacerme unas preguntas, que hoy comparto atrevido con algún lector que seguramente será amigo mío. Por lo tanto, escribo pensando no en un lector anónimo y exigente, sino en un amigo. Eso tal vez no sea muy recomendable desde lo técnico, pero el asunto que hay aquí en el fondo es más de carácter ético, o de tipo vital que conceptual o técnico. Tómalo como una disculpa previa, amigo.

Decía que uno de los elementos utilizados en los procedimientos del látigo y la zanahoria son las anécdotas. La anécdota no es un suceso extraordinario, salvo porque un sujeto lo interpreta así. En este caso, un sujeto que se encuentra buscando relaciones significativas respecto a un tema de su interés en los días recientes: la edad. Y ese mismo tópico me permite pensar que la relevancia de la anécdota está en quien la erige como tal, y no en la anécdota misma. Eso no es ningún descubrimiento, pero me permite entrar al tema de mi actual preocupación (un descubrimiento reciente de mi escritura es que uno debe introducir los textos, algo así como dar vueltas cerca del tema antes de entrar en él, en vez de tirárselos al lector así como vengan, entrando por lo más denso del asunto). Decía que no es ningún descubrimiento el evidenciar que la anécdota está del lado del relator más que en el hecho en sí. Y lo digo principalmente por dos anécdotas cercanas, en el tiempo y en el espacio, a mí, más especialmente a mi tema: la edad. Aunque, para ser más específicos, una lo es en el espacio, y otra en el tiempo.

Voy con la del espacio: acabo de constatar que junto a la pantalla de mi computador tengo un vaso con la soda que estoy tomando. Oígase bien: soda. ¿Desde cuándo reemplacé la soda por la CocaCola? Hum… a decir verdad, este hecho es el resultado de un duelo iniciado a los 19, momento en el cual advertí que era mejor buscarle reemplazo al mundialmente famoso líquido negro, esencialmente por cuestiones de salud. En realidad no ha sido fácil, pero hoy a mis 25 puedo decir que soy un consumidor regular de la soda. Vuelve lo dicho antes: ¿qué tiene de anecdótico ese suceso? Nada, y menos desde hace cuatro días cuando descubrí que en la cafetería de donde trabajo dispensan la soda del mismo módulo de la cola mencionada, sólo que en vez de hundir dos botones, hunden uno solo. Ni hablar del alto contenido de gas, excesivo en ocasiones a mi gusto, del líquido blanco. Entre uno y otro líquidos seguramente no sea mucho el cambio, ni mucha la anécdota, pero es significativo para mí. Y como es nuevo el haberlo comprobado, seguramente pasaré algunos minutos de mis tardes, noches o mañanas próximas pensando en ello. Nada raro en mí. Ésa era la cercana en el espacio.

Ahora la cercana en el tiempo: algunos días atrás estaba conversando con mis amigas de la Red de Cultura Investigativa. Estaba hablando (“hablando”) por el MSN con ellas. El propósito de la sesión era darle unas pautas a una amiga que recién se integra a nuestro trabajo. Leticia (de México) y yo, desde Colombia, estábamos escuchando a Melina (de Venezuela), mientras nos contaba su proyecto de investigación en su Maestría. Después de escuchar su clarísima exposición, Leticia me pidió a mí que le contara a Melina en qué consistía mi trabajo. Ahí empezó todo. O no sé si decir que empezó, porque la interpretación que hago del hecho que luego describiré, es que eso se une a una inquietud personal de mucho tiempo atrás, por lo cual tal vez no haya sucedido en ese mismo instante, sino que estaba sucediendo desde algún tiempo atrás. Es decir, la anécdota no le dio comienzo a mi preocupación, sino más bien entró a desatar su desarrollo, su existencia como preocupación oficial.

Aquí es válido un paréntesis. Preocupación oficial es aquella inquietud, vacilación, pregunta o temor que hace parte de la lista oficial de preocupaciones. Todos tenemos diversos tipos de preguntas o incógnitas, pero no todas hacen parte fundamental de nuestra vida. Por ejemplo, las preocupaciones teóricas, fruto de la actividad intelectual del hombre a lo largo de su tiempo, no son inquietudes de todas las personas en todo momento. Digamos que para una persona no suele ser una preocupación decisiva el asunto de los fractales o lo relacionado con el pensamiento complejo. Ésas son inquietudes oficiales para quienes están inscritos en ellas. En un plano más general, todos tenemos distintos tipos de preocupaciones, pero no todas son oficiales. Lo decisivo en éstas es su carácter de filtro. Mejor dicho, si para mí una preocupación oficial es el tema de la moda, mi percepción se agudiza en función de dicha preocupación, y casi que cifro mi vida en función de eso. El vaivén de las preocupaciones puede correlacionarse con asuntos como el estado psicológico de la persona; una muy buena forma de saber en qué edad psicológica (si ese concepto existe y se considera válido) se encuentra alguien es pedirle una lista de preocupaciones. Se entenderá entonces qué significa decir que la pregunta por el tiempo-pensamiento-lenguaje sea en mí una preocupación oficial.

En fin, cuando comencé mi descripción, noté de inmediato que me sería difícil contarle a Melina en qué estaba trabajando en mi investigación. Exactamente lo contrario me sucedió en una ocasión anterior con Leticia, con quien, después de contarle, sentí que había dicho algo muy bueno, más bueno de lo que yo realmente había pensado antes de hablar con ella. Evidencia inmediata e inevitable: el lenguaje crea. De nuevo digo algo que no es ningún descubrimiento y a lo mejor no reviste nada de anecdótico, pero mientras chateaba esta vez con ellas me era casi insoportable la sensación de que estaba destruyendo lo muy bonito que le había dicho a Leticia en la ocasión anterior. Y desde ese momento me propuse una oportunidad para hablar de eso que tantas veces había sentido: que un mismo pensamiento, no es el mismo en uno u otro momento porque, el lenguaje se hace esquivo o exigente, o porque el auditorio reclama una u otra dirección del discurso, y al redirigirlo, ya es otro. Ojalá pudiera profundizar en esta sensación, y ojalá este texto me sirva para compartirla con mis amigos, pues son muchas las ideas que tengo ahora en la cabeza y muchas las preguntas que quisiera, al menos, intentar responder.

Para volver al tenor de las anécdotas, cuando hablaba con unos amigos de las edades, también hablábamos de las vivencias del tiempo. Todos compartíamos la extraña sensación de que el tiempo ahora es más rápido. Por estas épocas navideñas uno no para de recordar (de nuevo se activa el segundo mecanismo) cuánto se demoraba diciembre para llegar cada año. Hoy en día, cuando basta celebrar el día de la madre (en el mes de mayo, aquí en Colombia) para estar ya cerca de la navidad, a uno le parece que los años son más cortos, a pesar de que los calendarios digan lo contrario. Una amiga comentó que estaba en un jardín infantil donde pensaba inscribir a Mateo, su hijo de 2 años, cuando escuchó que un niño de no más de 4 le decía a su mamá: “Oye, explícame por qué no entiendo esta situación”. Y pensábamos, después de escuchar a nuestra amiga, que los niños de ahora son más listos (de nuevo el segundo mecanismo), pues decir “momento” no es sólo fruto de juntar unas ciertas vocales con unas determinadas consonantes en cierto orden; es cuestión de concebir el concepto de “momento”. Esto incluso en el caso de los niños de quienes se dice constantemente que aprenden por imitación, lo cual es cierto, pero no alcanza a explicar que un niño, además de decir “momento” pida explicaciones a su madre para entenderlo. Es decir, ese chico ya tiene nociones muy sólidas de tiempo, de la temporalidad, de las situaciones, de los contextos, y, más sorprendente aun, de que es necesario comprender los momentos para estar a la altura de ellos.

Insisto, es inevitable, al escribir, el creer que uno tiene algo por contar. Pues yo, más que contar mucho por preguntar. Y si escribo ahora es porque en las anécdotas (“anécdotas”) que he contado, en las situaciones vividas y en las reflexiones actuales, encuentro un hilo conductor. Por eso hablo de conversaciones hologramáticas, porque, a pesar de ser textos de todo tipo (situacionales, literales, científicos, auditivos, olfativos, vivenciales, etcétera...) cumplen con el principio del holograma: en ellos encuentro partes dispersas de una misma cuestión.

¿Por qué se habla de los momentos? ¿Qué son los momentos? ¿Por qué uno no se baña dos veces en un mismo río? Y añadámosle lo sucedido en el chat con Leticia y Melina: porqué cambiar el lenguaje es, en ocasiones, cambiar los conceptos? ¿Por qué en ocasiones somos claros y en otras no? ¿Por qué, aun tratándose de las mismas personas y las mismas ideas, no siempre logramos reconstruir igual los problemas? ¿Por qué esa extraña sensación de que todo depende de una palabra, casualmente olvidada, y que sin ella la sensación transmitida a los otros (y a uno mismo) no es la misma? ¿Por qué sentimos que en ocasiones decimos mejor las cosas que en otras? ¿Por qué unas personas nos entienden mejor que otras?

Insisto: no tengo respuestas, sólo algunos conceptos mínimos, unas cuantas anécdotas y una sensación terrible de que mis compañeras en la red piensan que yo soy un tipo disperso. En parte porque es verdad: soy un tipo disperso en algunos asuntos. Cuando me lo propongo soy bastante claro. Pero, en ocasiones, como ocurrió en el chat, aunque me propongo ser claro, termino siendo disperso. Pienso, por ejemplo, en esas veces que los medios de comunicación dicen de un político, un artista, o sobre todo, de un pensador, que “está en su mejor momento”. Lo digo porque, según mis actuales sospechas, lo sucedido con Leticia y Melina fue un asunto de momento: ellas, de cierta manera, me fusilaron al preguntarme sobre mi investigación, porque por esos días estaba desconectado del asunto. Es algo así como decir que ése era el peor momento para hablar de eso, aunque era el mejor para hablar de otros asuntos.

El mundo de la tecnología digital me ofrece una analogía que puede ser provechosa y que utilizo ahora para intentar explicármelo: cuando uno graba, por ejemplo una foto, en un soporte, lo que uno se lleva en el disquete o en la memoria usb, o en el disco compacto, no es la foto tal cual, sino unos códigos que luego otro computador habrá de descodificar. Eso permite muchas facilidades, entre ellas, que pese mucho menos. También genera problemas que el archivo puede ser descodificado diferente en ese otro computador y puede quedar distinto a como fue creado. Tal vez sea eso último lo que sucede con los pensamientos: que ellos no están siempre intactos en la memoria personal, sino que uno guarda las marcas finas, los puntos preponderantes del discurso, del pensamiento o del concepto, y luego los reconstruye. Pero en el proceso de reconstrucción bien podrían sufrir algún daño. Como el de aquella citada vez en el chat.

Umberto Eco habla del lector como un personaje que actualiza los contenidos del texto. Mejor dicho, en cierta manera, el texto no dice mucho, dice en la mente de un lector que lo está leyendo, es decir, actualizándolo. La misma sensación me asalta cuando voy a dirigir una experiencia en grupo, como por ejemplo una clase: a veces siento que en el momento de la actualización, o sea la clase como tal, el contenido del archivo podría actualizarse mal y generar confusión en el auditorio y en la mente mía. Y en efecto a menudo ocurre. Sensación bastante parecida a cuando uno escribe un texto, aunque sea un borrador que luego deberá perfeccionar para entregar, pero que cuando es la hora de hacerlo, algunos días después, no se encuentra esa primera versión; en ese caso reescribir resulta una experiencia bastante frustrante, por la tensión que se vive entre el recuerdo vago de esa lejana primera versión y la actual, menos directa o quizás menos colorida que el fantasma lejano del primero. También sucede a menudo que se envía un correo electrónico, y por cualquier razón el computador lo pierde, y cuando uno va a reiniciar la reescritura siente esa terrible sensación de que la versión anterior era mejor.

Sin embargo, cuando por el azar se tiene la oportunidad de encontrar ese primer original y compararlo con lo que fue el segundo, uno percibe el grado de idealización que había sobre el primero. No sé por qué. Al leerlo, en muchas ocasiones, uno debe confesarse que en realidad fue mucho mejor haber enviado el segundo. Aun en el caso contrario, es decir, aun cuando se corrobora que el primero era efectivamente mejor que el segundo finalmente enviado, la pregunta es la misma: por qué el decir, el hacer y el pensar tienen que ver tanto con el tiempo. Por qué somos sujetos (tan) cambiantes. Y por qué el lenguaje es tan transparente en mostrarnos esa latencia permanente de nuestro ser. Basta escuchar una grabación vieja de nuestra voz para corroborar que no siempre nos gusta recordar lo que pensábamos antes. Con el álbum fotográfico en manos le decimos a nuestros amigos y familiares: “...yo era así...”, o “yo antes vestía así...”. Existe siempre esa sensación de un antes que ya no es, y que gracias a Dios ya no es... qué tal que lo fuera.

No me quiero desviar (lo cual en mi caso es bastante fácil, por cierto); me pregunto por qué una misma idea expresada dos veces es tan distinta, por qué el decir está tan relacionado con el orden de las palabras dichas. En el fútbol, por ejemplo, no es lo mismo “Francia ganó a Inglaterra dos por cero”, que decir “Inglaterra perdió ante Francia por dos goles”. Estoy aquí sentado ante Roberto (mi pc) escribiendo con un cierto ánimo estas líneas porque hay en mí un interrogante que quiero compartir; si no hubiera tal motivación, seguramente no lo estaría haciendo. Eso es obvio. Pero si hubiera empezado distinto la introducción de este texto, el resultado sería otro. También es obvio. Pero lo que no me resulta obvio es por qué es distinto.

Más arriba me preguntaba por el mejor momento de los pensadores, artistas o políticos. Guardadas las proporciones de la comparación, de cierta manera lo que me sucedió en el chat y que ha pasado tantas veces, es que ése no era el momento. Nietzsche afirmaba que uno siempre estaba tarde, que nunca era el momento para algo, que siempre llegábamos tarde, al mundo, a una cita, a un país, a un pensamiento, a un autor, a una música, etcétera. Siempre estamos tarde. No siempre estoy de acuerdo con esa idea, porque muchas veces siento lo contrario: dije algo maravilloso y debo escribirlo pronto. Toqué algo musicalmente bueno y debo grabarlo cuanto antes. Es decir, a veces el mismo lenguaje me permite expresar la misma idea pero mucho mejor, más remozada, más dinámica, más interactiva, no sé... ¿Por qué?

También había dicho que desde algún tiempo atrás no pensaba en mi trabajo de grado. Y que la pregunta de mis amigas en el chat me tomó por sorpresa. Y ya he dicho insistentemente que no sé por qué. Ahora, después de conjurar la situación, de compartir la pregunta, de dejarla en una memoria digital... retomo la conversación, ya a manera de monólogo, es decir, voy a intentar responderles a mis amigas (en su ausencia) lo que yo deseo hacer con mi trabajo de investigación de la maestría. De paso reivindico el valor del soliloquio y del monólogo en el pensamiento. Además, adelanto un nuevo capítulo de mi autobiografía.

De momento, gracias por ayudarme a exorcizar ese fantasma del lenguaje y el pensamiento en relación con el tiempo. Han pasado varios días desde la conversación con mis amigas y, por alguna curiosa razón, hoy la recuerdo con la misma preocupación. Por eso te entrego, amigo mío, este texto, para que puedas ver muchas de las aristas que, sin quererlo, salen en medio de mis conversaciones. De alguna manera los nudos se desenredan más fácil cuando uno se atreve a dar cuenta de ellos, es decir, a descubrir sus tejidos, circunvalaciones, tramas, vueltas y puntos de giro. Y si por algo puede ser tedioso este texto-conjuro, es porque responde al intento de desenredar un nudo ¡Gracias!


Noviembre de 2005

Crónica de una tarde en la que alcanzamos una estrella fugaz


Decía Umberto Eco que, lejos de las particularidades de cada cultura, todos los grupos humanos han tenido, al menos, dos nociones fundamentales: el arriba y el abajo. El cielo y la tierra. Y con estas dos nociones, van a aparecer una serie de simbologías infinitas. En la tierra, los frutos, la vivienda, la agricultura; en el cielo, las estrellas. Volar, llegar alto, alcanzar las estrellas ha sido una de las fantasías constantes en los humanos. Tal vez por eso "estrellarse" sea una acción (más bien accidental) producida por un golpe tan arduo que el resultado sea ver las estrellas.

Pero las estrellas no sólo se les sueña alcanzar en situaciones accidentales. Antes al contrario, están reservadas para los más altos logros humanos. Siempre me ha parecido curioso que a los títulos obtenidos por los equipos de fútbol se le denominen estrellas. También me parece curioso el que hoy esté pensando, con tanto detenimiento en el fútbol, el cual no es precisamente mi tema de cabecera, ni por pasión ni por dominio. Pero así somos los humanos, cuando menos pensamos, estamos haciendo lo que nunca nos hubiéramos imaginado, y en efecto aquí estoy, pensando en el fútbol.

Pues bien, uno de los mitos más comunes es el de las estrellas fugaces, ésas que se ven por unos cuantos segundos, y que si uno aprovecha, pueden concederle ese deseo que uno sea capaz de concebir mientras la ve. Creo que ayer, mi Nacional conquistó una de ésas, una estrella fugaz. Fugaz no sólo por escasa, sino también por esquiva, y, por qué no decirlo, por altanera. La final ante Santa Fe fue la última de las barreras para poder alcanzarla, y sí que fue una buena barrera.

Habría que empezar un poco más desde atrás para entender por qué hablo de una estrella fugaz. En Colombia, Nacional ha tenido la tradición de ser un equipo grande, de buen espectáculo, muchos seguidores, buen fútbol, muchas ideas y recursos, así como títulos internacionales. Los mejores técnicos y jugadores han pasado por esta institución. Su hinchada, la más grande del país, lo es porque no sólo la conforman habitantes del departamento de Antioquia, sino del país entero. Realmente se trata de un equipo nacional.

Pues bien, este equipo, campeón 8 veces del torneo colombiano, acaba de vencer con este reto, uno de los períodos más inertes de su historia. Desde la última vez cuando fuimos campeones, por allá en 1999, Nacional ha vivido una época a la que ya no estábamos acostumbrados. Incluso ese mismo torneo y el inmediatamente anterior, coronado en 1994, habían estado alejados del buen fútbol que nos había caracterizado. Los técnicos iban y volvían, una tendencia poco practicada por este equipo, que ha creído en los procesos de largo plazo, tal como se sabe por la escuela de Oswaldo Zubeldía, Francisto Maturana, Hernán Darío Gómez, Juan José Peláez y Luis Fernando Suárez, todos hijos de una misma idea: jugar bien al fútbol.

Con el regreso de Juan José Peláez Nacional volvió a mostrar su intención de volver a ese fútbol que trata bien al balón, que respeta al adversario, que ataca constantemente y es equilibrado en defensa. Es decir, ése que nos había tributado los más grandes triunfos dentro y fuera del país. Los frutos de ese proceso se empezaron a ver, y pronto Nacional volvió a una final. Fue en el año 2004, el rival, el Independiente Medellín, rival de casa, con cuya hinchada se han tejido las más eternas discusiones en todos los espacios de la vida social paisa. Esto también me lleva a otra reflexión de carácter personal, y es el saber por qué uno es hincha de un equipo.

En mi caso, ser aficionado al Nacional está relacionado, inevitablemente, con mi padre. Aunque él nunca me obligó a nada, siempre que en mi casa se sabía de fútbol era o por el equipo verde de Antioquia, o por la selección de mi país. En alguna foto de pequeño, visto un uniforme de líneas verdes y blancas. Ya más grande, recuerdo la fuerza que le hacía al equipo cuando enfrentaba a una cantidad notable de equipos del país y del extranjero. Era el torneo de la Copa Libertadores. Corría el año 1989, mi familia y yo acabábamos de llegar de Girardota, un pueblo que, aunque cercano a la ciudad, tenía todas la características de la vida no citadina. Años violentos nos dio Medellín a nuestra llegada. Violencia y fútbol. En todas partes se jugaba con una pelota. En el patio de la escuela, en las calles, en las placas deportivas... en todo lado los chicos se inventaban la forma de configurar un terreno de juego.

Por ejemplo, los domingos, cerraban las calles, y con un par de piedras al principio (después con hierro y soldadura) se armaban las arquerías. El balón... de todas clases, desde el Golty de microfútbol, hasta la pelotica de plástico que vendían en la tienda de la esquina, caracterizada por sus colores rojo, amarillo, azul o naranja planos. Yo, que nunca había jugado en serio (ni charlando) al fútbol, terminé enredado en las lides del deporte callejero, no con muy buena suerte porque realmente no era bueno. Mis primos sí lo eran, y jugaban partidos todas las tardes, al llegar de la escuela. Es casi increíble la pasión que genera un deporte como éste.

Para mí era extraño que alguien fuera hincha del Medellín. Para mí, un pequeño de escasos nueve años, ése era un equipo tan poco importante, que ni siquiera salía por la televisión. Contrario al Nacional, quien, luego de un agónico triunfo se coronó máximo campeón de América. Derrotamos al Olimpia de Paraguay con lanzamientos desde el punto penal. Cómo olvidar ese partido, con los goles del Palomo Usuriaga, ese negro alto y delgado que metía goles con esa facilidad. Los penales resultaron todo un sufrimiento. Mi padre (con esa vocación docente que siempre lo acompaña) nos explicaba lo de los cinco tiros que tenía cada equipo, y que sin al finalizar esta serie seguían empatados, se irían a "uno y uno", hasta que algún equipo se equivocara. Higuita, ser particular y talentoso, atajaba y atajaba penales, pero los nuestros no lograban desequilibrar el marcador. Creo recordar que el primero en cobrar por Nacional fue Andrés Escobar, historia triste de la que tendré que hablar en otro momento. En fin, Olimpia desperdicia un penal, y le toca el turno a Leonel Álvarez. Lo metió. En la pantalla del televisor sale un texto en letras scrit con la leyenda "Nacional... Colombia Campeón", o algo así. El letrero era intermitente, al mejor estilo de los ochenta, esa década tan particular desde el punto de vista estético que, gracias a la vida, me tocó presenciar aunque fuera en esos primeros años que tan difíciles son de recordar.

Al día siguiente, no hubo escuela, fue día cívico. Las noticias no paraban de repetir la hazaña: un equipo de jugadores criollos había conseguido ser el mejor de América. No puedo olvidar esa calle del Barrio Campo Valdés teñida totalmente de verde. Toda la gente salió a las calles. No importaba la violencia barrial que existía. Había fiesta en Medellín, en toda Colombia. Junto con las imágenes del penal convertido por Leonel, los noticieros mostraban la celebración del país. Era una fiesta en una parte enorme del territorio colombiano. Conocimos la gloria con ese Nacional de Hidalguía, Gallardía, Valentía, Criollismo... palabras que quedaron grabadas en mi mente para siempre.

Por eso me extrañaba que alguien fuera simpatizante del Medellín. Lo vine a comprender en los clásicos, algunos transmitidos por nuestro canal regional, Teleantioquia. Medellín "también" era un gran equipo, y si no había llegado tan lejos como el Nacional sería por otras circunstancias propias del fútbol, las cuales fui conociendo con los años. En 1990 seguía las noticias con tal de ver los goles del torneo. Nacional seguía siendo un grande, y quien nos empatara o nos ganara se podría considerar otro grande. Ése era el caso del Medellín, de América, de Santa Fe, de Junior, y algunos otros. Puedo decir que conocí primero las lógicas de la Copa Libertadores, que las del torneo colombiano. Fueron las circunstancias de mi época, y sé que muchos de mi generación vivimos la misma situación.

Cuando el contexto del fútbol superó el ámbito de los goles, aparecieron los técnicos, las hinchadas, las ciudades, las reglas, es decir, un mundo amplio y apasionante. Llegó el mundial Italia 90, con una selección basada en el Nacional y el América de Cali. Nos enfrentamos a Jugoslavia, Emiratos Árabes, y a Alemania (cómo olvidar ese 1-1). René Higuita era mi ídolo, quise ser arquero, y después de mucho tiempo de ser un niño apático por practicar el fútbol, ya era un preadolescente con ganas de llegar lejos. Quise ser futbolista. Los sábados en la mañana estaba siempre en la universidad de Antioquia, en la cancha, viendo jugar a todos los niveles. Esa pasión, o goma, no duró más de un año, pero la disfruté al máximo, así fuera viendo a los demás.

En 1991 fuimos campeones nuevamente. Luego en en 94, y luego en el 99. Tres campeonatos, tres épocas, tres equipos bastante distintos, pero una pasión igual. Ya no seguía cada fecha del torneo, ni cada partido, me bastaba con saber cómo le iba a mi equipo y listo. Los noventa también fueron tiempos difíciles para la selección, en los mundiales de Estados Unidos 94, Francia 98, en donde no logramos buenas participaciones, a pesar de que la llegada al de Italia auguraba mejores épocas para el seleccionado tricolor. Muchos altibajos tuve en mi pasión por el fútbol, sobre todo al final de los 90, cuando entendí qué quería ser en la vida. Llegaron los libros, y con ellos una cierta sensación de banalidad en los actos cotidianos de la vida. Fui capaz de mantenerme aislado de los marcadores, los partidos, y concentrarme en leer.

Hasta 2004, cuando llegó la final contra el Medellín. Ellos venían de ser campeones, después de 45 años, ante el Pasto, un equipo nuevo en el rentado nacional. Ese título me había alegrado. Era su tercer estrella. Para mí, un número que no reflejaba la calidad futbolística del equipo. Y ahí estaban ellos para demostrarlo. Por la misma época, el Once Caldas disputaría la final de la Copa Libertadores ante el Boca Juniors de Argentina. Con total certeza aseveré que la final colombiana la ganábamos nosotros, y que la Copa la ganaba el grande, Boca Juniors. Me equivoqué doble. Nos ganó Medellín, y ganó Once Caldas. Dura lección la que me dio la vida. Para mí y para muchos. Lo del Once Caldas, fue fruto de una convicción personal, de un trabajo y de un sistema de juego, poco vistoso, pero efectivo. También es fruto de la humildad. Le ganaron a un grande de grandes, que ha ganado todo en su carrera, incluída una copa intercontinental, máximo título a nivel de clubes en el mundo. El Once era en equipo de buenos jugadores, fuerte en defensa, y que aprovechaba oportunidades del adversario para ganar los partidos con diferencias mínimas. Y eso le resultó. En los penales, su arquero Juan Carlos Henao, se lució; Boca fue desacertado y perdió. Una de esas lecciones que de vez en cuando es buena.

La otra es dolorosa. Estoy seguro de que ningún hinca pensó en algún momento que Medellín nos podría ganar. Esa convicción es fruto de una historia llena de títulos. Una seguridad que con facilidad se convierte en pedantería y delirios de grandeza. Sin embargo, lo que tenemos los hinchas del Nacional no son delirios de grandeza... al contrario, hemos sido grandes entre los grandes. Por su lado, los del Medellín, acostumbrados como han estado a no ganar nada, nunca tuvieron esa certidumbre, y más bien salieron a ganar los encuentros. La historia se contentará con decir que el título se lo llevó el DIM, pero no llegará a detalles tácticos de cómo se consiguió. En el partido inicial, Medellín ganó 2-1. Fue un partido cerrado con llegadas esporádicas de lado y lado. El segundo partido, una tarde de domingo para no recordar, la final quedó sin goles. Medellín montó una doble línea defensiva que sumaba en total ocho hombres (más, en ocasiones) que Nacional no pudo romper. Esta vez las llegadas fueron casi totalmente de un solo lado, pero ninguna de ellas pudo ser gol para Nacional. Al final, el Medellín es campeón y lo que sigue es doloroso para Nacional. Perder con el rival de casa no es bueno. Los hinchas del Medellín no se cansaron de recordarnos su triunfo. Nunca nos pudo doler más una derrota.

El segundo torneo del año nos llevó de nuevo a la final. Esta vez ante el Junior. Iniciábamos en Barranquilla y terminábamos aquí en Medellín. Todo estaba listo para celebrar y cobrar la revancha, pero tres goles de Junior nos hizo lejana la esperanza de ser campeones. Las boletas para el partido de aquí de Medellín, se vendieron a precio de venta, porque se pensaba que nadie daba un peso por ese partido. Eso permitió que el estadio se llenara. Era increíble el entusiasmo de todo el mundo. El optimismo reinaba en los jugadores y el cuerpo técnico. Sorprendían las declaraciones de los jugadores, cuando afirmaban que estaban seguros de dar una sorpresa esa tarde. Luis Eduardo Arango, un reconocido actor paisa, decía en la televisión nacional que cuando uno encontraba un billete de $50.000 partido a la mitad, no tenía $25.000, sino que no tenía nada. Con ello trataba de decir que todavía Junior no había ganado, a pesar de que hubieran hecho tres goles en su condición de locales.

Decidí ver ese partido solo en mi casa. No quise ir al estadio con mis amigos de la-banda. Llegó el día y pasó lo imposible, dos goles en el primer tiempo hacía augurar que lo imposible podría ser posible. En el estadio todo el mundo coreaba "sí se puede..." en un grito eterno que no paraba. La actitud de los jugadores en la cancha era increíble, no esperaban un segundo para nada, siempre iban al ataque, siempre. Ni siquiera acomodaban el balón antes de cobrar un tiro de esquina (comentaba luego un tío mío). Hicimos cinco goles, pero Junio metió otros 2, con lo cual empató la serie. Era de no creer. Después de ir 5-1 (con lo cual gabábamos el partido y la serie), Nacional dejó a Junior retomar el balón, y vino el 5-2 que obligaba los penaltis. Fallamos. No había palabras para describir lo que se sentía. Alegría por haber demostrado que no todo estaba perdido. Pero también una rabia por haberse descuidado en los últimos cinco minutos.

Dos finales. Dos subcampeonatos. Ése fue el balance al terminar el 2004. Juan José salió de la dirección técnica, y Santiago "el Sachi" Escobar, hermano Andrés, ese caballero que todos recordamos, fue el encargado de asumir el reto. Todos lo sabíamos, el reto era ser campeón. Llegó Aristizábal, viejo amigo de la casa. Inició el torneo, y los triunfos también. El equipo lucía distinto, aunque tenía la misma base de jugadores de la campaña anterior, este Nacional era ofensivo, y siempre salía a buscar los partidos, a ganarlos, sin importar ser local o visitante. Fuimos líderes durante todo el torneo. Era un momento magnífico. Se notaba inmediatamente cuánto disfrutaban jugar. Aristizábal, Chicho y Morales aportaron toda su experiencia internacional, a un grupo que, a pesar de estar conformado por grandes jugadores, necesitaba un toque de manejo, ése mismo que faltó en los últimos minutos de la final contra el Junior (que nunca olvidaremos).

Llegaron las instancias finales, algunas fechas antes de los cuadrangulares, ya estábamos clasificados. Se decía que de nada sirve ser el líder, si al momento de la verdad no se ganan los partidos decisivos. Ese temor rondaba, porque desde cuando el torneo colombiano es doble (apertura y clausura), ninguna vez el líder del torneo llegaba al título de campeón. En fin, ya estábamos en la final, pero estábamos de igual a igual con los demás equipos, así que nos tocaba demostrar si el favoritismo tenía bases. No empezamos muy bien, porque el primer encuentro ante Cali, lo empatamos a cero goles, a pesar de ser locales. En parte los temores tomaban vuelo. Seguía el clásico. Ése que después de junio de 2004 sabe a revancha. Durante el torneo regular, habíamos ganado todos los clásicos, uno de ellos por goleada. La rencilla con los aficionados al Medellín, cazada desde el año pasado, cobraba vuelo. Sobraban explicaciones de parte y parte. Haber ganado esos dos encuentros durante el torneo regular, parecía no importarles muchos a los hinchas del Medellín, pues al fin y al cabo nos habían ganado el torneo. De ahí que aseguraban, con notable sobradez, que podríamos ganar todos los clásicos, pero que los definitivos no los ganaríamos.

De alguna manera habíamos sentido pesar por tenerlos en el mismo cuadrangular, pues de alguna manera sabemos que esa final podría volver a presentarse, y si era este año teníamos el mejor equipo para afrontar con creces ese reto. Ganamos el clásico, con un arbitraje discutido, con equivocadas decisiones que afectaron a ambas partes. Luego, seguía el Tolima, el único que nos había ganado en nuestra condición de locales. El sistema de Tolima era bien conocido: defenderse muy bien, marcar un gol en los primeros minutos, para luego manejar el marcador aprovechándose del desespero del adversario. Con esa fórmula nos habían ganado. Era un miércoles por la tarde, y antes de los primeros veinte minutos, ya perdíamos un gol a cero. Parecía que la profecía se cumplía. Hasta el minuto 45 no encontrábamos la forma clara para marcar el gol, pero se notaba la dificultad que le costaba a Tolima defenderse de las ínfulas del Nacional, cada vez más insinuante en el área contraria. Aparecieron los recursos conocidos en este tipo de rivales, como hacer tiempo, tirar el balón a la tribuna, y hacer faltas fuertes para debilitar a los atacantes del equipo contrario. Dicha estrategia, nos alejaba de la esperanza de marcar, pero a la vez abría nuevas oportunidades, como los tiros con pelota quieta, cada vez más cerca del arco que defendía Agustín Julio. Pues bien, en una de esas jugadas, de los últimos dos o tres minutos del primer tiempo, nace un tiro libre ejecutado magistralmente por Aristizábal, que termina en el fondo de la red. El segundo tiempo ya lucía muy distinto, porque Tolima se vio obligado a salir, y al hacerlo dejó espacios que Nacional supo aprovechar bien. Resultado final: ganamos 4-1, y me quedé sin vos. Fue un juego que me devolvió la esperanza en el campeón. Es la típica historia del equipo que no tiene sino un libreto aprendido, y que le cuesta cambiar cuando las circunstancias se lo exigen. Con esa fórmula Tolima había conseguido resultados ante Medellín, y Cali, pero con nosotros no pudo.

Pero faltaba el juego allá en Ibagué, que no sería nada fácil. Y no lo fue. Empezamos ganando, y después hubo penal a favor de Tolima, que cobró Víctor Bonilla, para decretar el empate a un gol, con el que cerraría finalmente el partido. Les habíamos ganado en Medellín, y habíamos conseguido el empate ante ellos como visitantes, pero faltaba el otro clásico y el juego de ida en Cali. Se necesitaban los seis puntos.

De nuevo el clásico. Debido a su victoria ante el Cali, Medellín llegaba con un nuevo aliento. Nacía otra vez la amenaza de que no ganábamos los clásicos definitivos. Si nos ganaban, luego ellos recibían al Tolima, y podrían pelear su clasificación ante ellos. Con un Aristizábal lesionado, ganamos 2-1. Clásico agónico, que al menos nos quitó de encima esa amenaza repetida de nuestros rivales de plaza. El camino a la final estaba más claro, pero no todavía decidido. Faltaba ir a Cali, a buscar un resultado ante un equipo sin nada por lo cual pelear, de esos que fácilmente pueden dar sorpresas. El partido fue otra final adelantada. Otra más. Lo habíamos hecho ante Tolima y ante Medellín en partidos de ida y vuelta. Cali no fue nada fácil, jugó a la altura de su rival, ante el cual había conseguido, como visitante aquí en la ciudad de Medellín, el único punto de todo el torneo.

Había, además, una circunstancia especial. En el otro partido del mismo grupo (Medellín - Tolima), este último se disputaba la posibilidad de llegar a la final. Necesitaba ganar y esperar que Nacional empatara o no ganara ante Cali. A los diez minutos de ambos paridos, era justamente lo que estaba pasando, porque Tolima y Cali consiguieron sus respectivos primeros goles. Personalmente, este (doble) partido fue vivido en circunstancias particulares. Era el día del padre, estábamos donde mis tíos (todos hinchas del Medellín). Todos estaban viendo el partido, y especialmente dos de ellos hacían fuerza para que Nacional perdiera ante Cali, y para que su equipo perdiera ante Tolima. Era horrible para nosotros pensar en que un resultado de Medellín nos pudiera ayudar. Los resultados cambiaban una y otra vez. Pronto Medellín empató al Tolima, y Nacional al Cali. Por un momento, Medellín, de hecho, estuvo por encima 2-1, pero no duró mucho. Pronto estuvieron 2-3, y luego 2-4. Nacional se alejaba de la final. Necesitábamos ganar, y aunque el gol de la victoria no se acercaba, era más honesto y retador depender de nosotros y no del Medellín. Eso hubiera sido fatal. Faltaban quince minutos y Óscar Echeverri marcó el segundo gol, que era su segundo en el campeonato y en el partido. Había sido suplente durante todo el semestre, porque cuando Aristizábal y Pera son titulares goleadores, es difícil tener una oportunidad. Y Echeverri la tuvo, y sí que la supo aprovechar. Dos goles, Nacional en la final por sus propios méritos.

Terminamos pidiendo tiempo, igual que ante Tolima en Ibagué, y ante Medellín. Era muy duro saber que estábamos de nuevo en la final. Ya se sabía que el rival era Santa Fe, quien se clasificó a pesar de haber perdido, pues Envigado no pudo hacer lo propio ante el Caldas. El domingo día del padre fue perfecto, porque era mejor tener como finalista a Santa Fe que a Envigado. Así como era mejor haber pasado por los propios méritos que por favores de otro, especialmente de Medellín. A pesar de eso, no hubo mucha fiesta en casa de mis familiares, pues los hinchas del Medellín (dos en especial) se mostraron hostiles con el triunfo verde. Al final, los del Nacional nos fuimos a otro lado a comentar lo necesario del caso. Hablamos de cuán grande es y ha sido Nacional; de cuándo nos hicimos hinchas del equipo; de la fastidiosa actitud de muchos hinchas del Medellín, que prefieren vernos perder. También, mencionamos el aporte de nuestro equipo al fútbol nacional. Está claro, somos un equipo medular en el torneo colombiano. Si bien Millonarios y América nos superan en títulos, pocas veces ellos han lucido un fútbol de la esquisitez del nuestro. Es más, sus últimas campañas han dejado mucho que desear (baste recordar que al principio de este campeonato América estuvo cerca del desenso).

También dijimos que esta vez era justo, después de dos finales perdidas, alcanzar la estrella, cada vez más fugaz. De eso hablamos nosotros esa vez; de eso se habló durante toda la semana en diarios, emisoras, en esquinas. Muchos aseguraban que sería un nuevo subcampeonato. Hubo muchas cábalas. Santa Fe era un equipo defensivo, presentaba una excelente campaña como visitante, y había alcanzado su última estrella (30 años atrás) justamente ante Nacional, en 1975. Por los esquemas tácticos, el partido pintaba a favor de Santa Fe, equipo capitalino de pobres actuaciones en los últimos torneos. Había llegado a los cuadrangulares haciendo fuerza, y de repente estaban en la final. Además, los paisas que hacían parte de su nómina, conocen muy bien el planteamiento paisa. Uno de ellos, Juan Carlos Ramírez, capitán ahora del equipo rojo, lo fue antes de Nacional. Lo recordamos con amargura porque fue quien desperdició ese penal que le permitió a Junior ganarnos la final más recordada por la afición paisa.

En alguna parte comentaba Juan José Peláez, quien fue técnico del Santa Fe, que si algún equipo podría hacerle daño a Nacional era uno como Santa Fe; mientras que si algún equipo le permitía a Santa Fe lucir su propuesta táctica era justamente uno como Nacional. En el tablero estaba claro: el partido pintaba en favor del Santa Fe. Con un elemento adicional, en contra de nosotros: por sanción de la Dimayor, y por lesión, 6 jugadores de la nómina titular no podrían actuar ese día. Se trataba de Perea (Lesión), Jorge Rojas (venezolano), Humberto Mendoza, Felipe Chará, Ringo Amaya y Héctor Hurtado. Se trataba de la base fundamental del equipo, con la cual habíamos conseguido los mejores resultados. Muchas cosas pondría a prueba esta final. Una de ellas era, inevitablemente, la existencia o no, de ese equipo del que técnico y jugadores como Aristizábal hablaban en las declaraciones. Sí. Ellos nunca se cansaron de hablar de un equipo que lucía más como una familia, llena de camaradería, buenos tratos, amistad, fraternidad. Tener un equipo para afrontar un campeonato, va más allá de contar con 11 estrellas de fútbol y un par de suplentes para relevarlos. No. Se trata de, realmente, conformar un grupo humano sólido, que piense como equipo, no sólo como grupo. Y eso estaba a prueba, porque cuando de los once jugadores que conforman una nómina titular, 6 no pueden actuar, se trata de más de medio equipo.

Terminar de locales tampoco aseguraba nada, pues estadísticamente, desde la implantación del torneo con campeón semestral, sólo una vez el que terminaba de local había conseguido la estrella. El partido en Bogotá representaba varios retos. Uno de los más importantes era el de no perder. También afirman las estadísticas que el campeonato se lo ha llevado quien logra la victoria en el primer encuentro. Otro dato es importante para entender el contexto de expectativas sobre esta final: el terreno de juego. Santa Fe tenía suspendida su plaza, y había actuado como local en estadios alternos como el de Tunja. Solicitó a la Dimayor obviar por una fecha, la fecha de la final, esta sanción. Finalmente se accedió por cuestiones de seguridad, pues el Campín era un escenario que posibilitaba más los operativos necesarios para garantizar un encuentro seguro.

Miércoles 22 de junio. 7:45 p.m. Están ambos equipos en el terreno de juego, que se encuentra en las peores condiciones, porque apenas se autorizó el campín para ser el escenario de la final, la administración estaba sometiendo el gramado a un tratamiento que apenas llegaba a la mitad. Parecía un potrero, realmente. El partido resultó discreto. Mucho juego fuerte, patadas de lado y lado, pocos movimientos de parte y parte. Al final, un 0-0 que ilustra a la perfección el partido; también realzó la esperanza verde, pues habíamos mantenido un cero, fundamental para el planteamiento en Medellín. Sin embargo, esto no fue motivo de preocupación mayor para Santa Fe, pues se tenían confianza en su labor como visitantes. Habían llegado a la fina, después de perder dos goles a cero ante Envigado en Bogotá, y haber ganado por un gol a cero en el partido de vuelta en Envigado.

Desde ese mismo día el técnico de Santa Fe, habló de su planteamiento defensivo, y de la posibilidad de los penales, como fórmula para llevarse el título de campeones. Se mostraba demasiado seguro. Incluso llegó a afirmar que era hijo de Dios y que él siempre quería lo mejor para sus hijos. Juan José, junto con una gran cantidad de comentaristas, afirmaban que sería un partido donde Nacional saldría desde el primer minuto a ganar el partido, y que Santa Fe esperaría la oportunidad para contragolpear y hacer lo suyo. Sería un partido cerrado, donde cualquier error en defensa podría costarle caro al Nacional. Por lo tanto, la paciencia debería ser el principal componente de la fórmula verde.

Es el domingo 26 de junio. El Atanasio está más bello que nunca. Hay papeles picados, banderas, camisetas, girnaldas, bombas... de todo. Si algo estaba claro, era que tanto en jugadores como afición, las dos finales anteriores nos habían servido para madurar. Ante Medellín aprendimos a ser humildes y a reconocer que los partidos hay que jugarlos antes de darlos por ganados. Ante el Junior aprendimos que el partido se acaba cuando el juez dé el pitazo final. Y que uno no le puede entregar el balón al otro equipo para que proponga. De su parte, la afición también tenía claro su papel: animar sin acosar, desesperar ni presionar. Ha comenzado el partido. Minutos antes los seis que no pudieron jugar habían salido al terreno de juego a animar a la tribuna. Todos, incluso los que no jugaban, tenían la camiseta puesta, por la foto, y por la moral. En los primeros quince segundos ya el arquero de Santa Fe, "Neco" Martínez, debía intervenir ante un remate que hacen hacia su portería. Eso ratificaba todos los comentarios que predecían el juego desde una semana antes cuando se supo el nombre de los finalistas.

Santa Fe mostraba un solo hombre en punta, Yáñez, que lucía un poco perdido porque no le llegaban balones. Por su parte, Nacional tampoco encontraba su juego, no lograba descifrar la clave de la defensa. En el medio campo, la mayoría de los balones los ganaba el equipo rojo. Chicho, que lucía como zaguero central, no tuvo control de muchos balones que circulaban en su área, y muchas veces dejó comprometida a la defensa. Nacional ni se acercaba, mientras que cada avance del Santa Fe era peligroso. Esos primeros instantes del partido dejaron ver a un Zuñiga agotado por el viaje desde Holanda, donde había actuado con la selección sub 20, mientras que Marrugo, quien venía del mismo torneo, tuvo más alientos para correr de lado a lado el medio campo, para pasarle muchos balones a Chumi, quien no estuvo en su mejor tarde. Aristizábal ni se veía. Llegó a pocas jugadas. En cuanto a nómina, fue un partido parejo. A pesar de haber protagonistas, ningún equipo mostró figuras contundentes en esa primera parte. Salvo Saldarriaga, en Nacional, quien atajó una complicadísima pelota de tiro libre que cambió de rumbo cuando ya estaba jugado hacia el lado contrario, y gracias a sus reflejos pudo reacomodarse y atajarla. Fue en fracciones de segundo. El primer tiempo deja un balance, tal vez predecible, pero de todas maneras triste: cero a cero, y una estrella fugaz que no se dejaba ver.

Ha empezado el segundo tiempo. Yo sabía que así, aguerrida, cerrada, iba a ser esta final. Sin embargo, ese resultado favorecía más las intenciones y propuestas del Santa Fe que las nuestras. Además, en el segundo tiempo Santa Fe se decidió a salir para buscar el juego. Atacó a través de varios de sus hombres. Hizo daño. El suficiente para que la defensa tuviera problemas y se quedara a la expectativa de la reacción de Saldarriaga, quien estuvo por encima de la cada situación de reto. Cuando se le exigió dio. Había seguridad en su actuación, pero cuando un portero debe salvar es porque el rival ha vencido las líneas defensivas. Efectivamente, Santa Fe estaba más cerca de la portería nuestra que nosotros de la suya. Incluso, en un tiro libre hubo un gol, afortunadamente anulado por evidente fuera de lugar. Se acercaban los treinta minutos. Nadie quería penales, pero ésa parecía ser la vía para desequilibrar fuerzas, en un partido donde el cero mostraba fielmente lo sucedido en el terreno de juego. Hubo varios tiros libres que ni Morales ni Aristizábal lograban concretar. El paisita pedía desde la radio no bajar el optimismo. El gol llegaría. Uno de sus comentaristas mencionaba el nombre de Carlos Díaz como opción en el cabezaso. La pelota quieta era la opción, porque el bloque defensivo de Santa Fe era duro. Algo me dijo que el gol estaba cerca. No me terminaba de convencer esa idea, pero evidentemente me había tranquilizado, y empecé a notar un nuevo aire en el partido. Una ligerísima inclinación en favor del fútbol de Nacional.

Los pálpitos, intuiciones, es decir, el sexto sentido, en mí funciona en fracciones de segundo. Cuando vi el rostro de Horacio Serna en la final con Medellín, vi en el un peligro. Y efectivamente fue él quien marcó el gol definitivo para el triunfo del Medellín. Pero cuando veía las caras de los jugadores de Santa Fe, ninguno me decía nada. Ni siquiera cuando veía a Yáñez, el supues peligro para nosotros. Habían cambiado a Zuñiga por Rambal. Inmediatamente la punta derecha mostró otro aire. También hubo un cambio en Santa Fe; salió Aldo Ramírez para ser reemplazado por Mario Gómez, con la intención de atacar más para conseguir, de pronto, el gol definitivo que los dejara con el campeonato, y a la vez conseguir que Rambal tuviera que retroceder más y no se proyectara tanto en ataque. Ya el técnico santafereño alistaba su segundo cambio para enfatizar esa idea, cuando hay un tiro de esquina cobrado por Marrugo, ante el cual la defensa roja se confunde, y Días emboca el balón por encima de los zagueros, para dar el primer gol. Luego dijo que se le voló al profe, pues su zona es la defensiva, además, por su experiencia, era el llamado a liderar la zaga, en compañía de dos suplentes llevados a titulares en esa final por la necesidad. Era la ilusión de alcanzar la fugacidad, de derrotarla y convertirla en certeza. Éramos campeones. Faltaban diez minutos. La celebración demoró varios. Un equipo ya fogueado en finales, no arriesgaría como lo hizo ante Junior cinco minutos antes de finalizar esa final.

Estábamos reponiéndonos de la emoción, cuando Rambal genera una jugada de proyección por su punta, saca a un defensa rojo (que todavía debe estar buscando por dónde se le metió el balón), y el centro hacia atrás encuentra una zona libre a la cual llega Echeverri, quien sin dudar remata al arco y convierte el segundo del partido. Aristizábal había logrado la atención y la marca de los defensores y Echeverri quedó libre para rematar directo al arco. Faltaban casi cinco minutos para alcanzar la estrella fugaz. Era una diferencia amplia, pero por poco que se acabara, no se había acabado. Nacional controló aún más el balón desde entonces, y pocas fueron las oportunidades que tuvo el Santa Fe para descontar. Antes del pitazo final hubo que atender a varios jugadores, algunas faltas y otra serie de sucesos como un conato de pelea entre jugadores, que dilataron el final del partido. Tres minutos de adición. Vencido el término del tiempo, cuando el balón estaba en zona del Nacional, llega la esperada señal de que el tiempo había acabado. Éramos campeones. Campeones. Habíamos alcanzado una estrella, bastante fugaz, que nos dejó dos veces el sabor amargo de la derrota, derrota al ego en una ocasión; derrota ingenua en otra. Gritamos CAMPEÓN tantas veces como nuestra garganta nos lo permitió.

Habíamos ganado un partido difícil, al que habíamos llegado por ser los mejores en un cuadrangular demasiado difícil, que hasta el último minuto tuvimos que luchar para asegurar nuestro cupo en la final. Final que, conforme a los vaticinios, resultó cerrada, con un Santa Fe confiado y claro en su sistema. Ganamos en varios niveles. En el parido, porque supimos ser pacientes, y esperar el gol, que se sabía iba a ser lejano. Me sorprendió el segundo, porque yo esperaba un 1-0, también en los últimos minutos. No dimos espacios atrás, y aprovechamos un recambio para generar espacios en zonas protegidas. Ganamos el campeonato, porque fuimos regulares, porque conformamos un equipo muy unido, conocedor de su sistema, con unos suplentes que supieron dar lo que se necesitaba de ellos.

Y a esta afición, la mejor del país, con un promedio que supera los 30.000 asistentes por partido, un grito de campeón ahogado dos veces consecutivas, memorables, como dolorosas. Vencimos las cábalas, a la vez que confirmamos muhcas de las predicciones sobre el juego.

Mi celebración, en el parque Lleras con mi hermana y mis amigos. Un piso totalmente blanco por la harina, y unos rostros rojos de gritar. Voces disfónicas, mentes acaloradas, y gargantas atragantadas de la emoción. Fuimos campeones. Alcanzamos la fugaz estrella. Se hizo justicia, y ahora no nos pueden decir un montón de cosas que estaban disfrutando decirnos. Ganamos porque fuimos los mejores, y lo demostramos una y otra vez. Este es el cuarto título en torneo local que celebro con mi verde. Seguramente serán más, porque este equipo es grande. Es Nacional.




Carlos Andrés Arango
junio 28 de 2005
1:41 a.m. en el mueble de la sala.

Profundo carmesí, de Arturo Ripstein

Arqueología de un perfume.



Por
Carlos Andrés Arango


Me encontré con Profundo Carmesí alguna tarde desprevenida en el Colombo. Yo estaba en los últimos semestres de universidad y esta sala me quedaba a medio camino entre mis clases y el regreso a casa. Ocurrió así con muchas buenas películas que, sumadas, me fueron dando la indicación de que el cine tenía grandes momentos para mí. Por eso cuando, después de un intento fallido de construir una carrera exitosa como ejecutivo, volví por el hermoso sendero de las películas que me habían conmovido, apareció justamente ésta.

El ejercicio de re-visitar películas es tan delicioso como peligroso. Por lo general, lo que uno recuerda de un película que ha visto una vez es una frase, un tema musical, algún plano, momentos breves de una historia, alguna actuación o, en fin, algún detalle particular; casi podríamos decir una sensación, similar a la que surge en nuestra memoria ante una sugerente fragancia femenina. Sí: luego de la primera vez ante una película, a uno le queda una perfume, una esencia: dulce o agria, fuerte o débil, cálida o fría; pero no es la racionalidad la que exige volver a encontrársela: es el cuerpo. Porque lo que se desea no es, tantas veces, encontrarse una película, sino precisamente re-encontrarse a sí mismo: saber de sí –saberse- a través de la experiencia de recordar algo de lo pasado.

Reconocemos que uno no se baña dos veces en el mismo río; así mismo, no se lee dos veces el mismo libro, ni se ve dos veces el mismo filme: cuando uno vuelve a recorrer las imágenes y los sonidos de la película, es decir, las texturas de la fragancia, está ante una posibilidad tan dulce como oscura, porque bien se puede superar la primera experiencia, o encontrarse con una de las tantas veces en las que se debe admitir la superioridad de los recuerdos ante las realidades.

La segunda vez ante Profundo Carmesí palpé un matiz nuevo en la fragancia: como si las gotas de un perfume ordinario me fueran llegando a la piel y al olfato. Y ese olor dulzón me sugiere ahora que el melodrama es una clave fundamental para entender la manera como se configura, al menos en mí, el recuerdo de este perfume tan profundo y tan carmesí. Intento pues, la arqueología de un recuerdo, de su actualización en mí y mi actualización en él.


1.
La coscoja, chaparro o carrasquilla (Quercus coccifera) es un arbusto, de hojas eternamente verdes, sencillas, donde el pequeño Kermes vermilio deja sus cuerpos secos, de los cuales se obtiene el tinte carmesí, un color rojo profundo, fuerte -mezclado con algo de azul, de apariencia ligeramente púrpura, altamente comercializado en los países mediterráneos algunos siglos atrás. Mas, siendo como es un color, el carmesí también da lugar a sensaciones variadas: la saturación, la seducción, lo fatal. Diría, en otras palabras, que el carmesí, sobre todo después de los registros de Ripsteín, es el color del melodrama.

Según Rousseau (el primero en definirlo), el melodrama es "un tipo de drama donde las palabras y la música, en vez de caminar juntas, se presentan sucesivamente, y donde la frase hablada es de cierta manera anunciada y preparada por la frase musical". En este primer sentido, el melodrama está pues amarrado a la condición musical de la puesta en escena. Sin embargo, dado que hoy concebimos en más dimensiones –dramatúrgicas y escénicas- lo melodramático, lo propongo aquí como una forma narrativa con cinco características básicas:

En primer lugar, la actitud sobreactuada. En lo actoral, el melodrama suele caracterizar los roles de una historia con la caricatura estereotipada,. Así, las divas son divas todo el tiempo, los malos son malos siempre, y los buenos son buenos en todos los momentos, sin la menor justificación de porqué hacen lo que hacen y son lo que son; aparecen en pantalla como recitadores de textos que no parecen tener sentido sobre aquello que dicen. Más enfáticamente: actúan como galanes, divas, malos, pícaros, o lo que sea, todo el tiempo; su vid no tiene matices. Y esta caricatura la exageran con marcas gestuales enfáticas que no desaparecen en ningún momento de la vida del personaje. En segundo, el maniqueísmo, reflejado en la construcción de los personajes, quienes no sólo están obligados a ser o buenos o malos, sin alternativas, justificaciones o matices, sino que de esa misma esquemática manera ven su mundo, por lo cual lo que juzgan de él es tremendamente reducido y prejuicioso, acorde a los paradigmas de una clase, una religión, un discurso político e ideológico, o una cultura en los cuales se encuentran atrapados.

En tercer lugar tenemos la idealización del matrimonio. En las telenovelas parece que todo terminara con el matrimonio; pareciera que todos los problemas terminaran con la unión de la pareja. Juguemos a la caricatura en las imágenes del final de una novela tipo Corín Tellado: Luego de mil problemas, la pareja estelar puede casarse; la novela termina con un zoom in al rostro de ambos mientras logran un beso que simboliza el amor, la unión y la felicidad. Están en la habitación de un hotel, o en su hogar de recién casados; la velocidad de los planos aumenta, cada nueva imagen entra por fundido: los vemos en siluetas, picados, planos cerrados, mientras consuman su amor; la cama es dorada con sábanas de seda. De repente la pantalla se ve invadida por un fade a blanco, y una letra script anuncia en color oro: “Fin”. Si el matrimonio se reserva para el último capítulo, es precisamente porque en el melodrama tradicional, o la forma que de él hemos construido, hay la urgencia de una moraleja, una lección moral importante por enseñar: hay que casarse, ser una familia feliz, y tener hijos… El sabor doctrinal de esta característica es innegable.


Cuarto, el gran secreto. Por lo general, en los melodramas (¡casi digo telenovelas!) hay un gran secreto que, de descubrirse, podría llevar a pique las expectativas de alguno de los protagonistas. El secreto es un elemento narrativo con altas tasas de rendimiento dramatúrgico: permite involucrar al espectador invitándolo a la defensa del umbral de protección de los enemigos del protagonista. Por el contrario, cuando es el antagonista el portador del secreto, la energía del espectador se dirige a soñar con el momento en que el héroe logre develar las claves del misterio, ése que lo tiene retado desde los inicios del drama.

El conjunto de estas características pareciera redundar en la construcción de un rasgo definitivo: el esfuerzo denodado por insistir en los finales (quinta característica). La amenaza continua en el melodrama es que tal o cual cosa puede ser el fin de todo. Y en esto el melodrama alimenta buena parte de la dramaturgia en el cine y la televisión: todo debe llegar a un punto concreto, cerrado, determinado, en el que sea posible identificar plenamente los flujos de causas y efectos y las transacciones establecidas entre ellos.


2.
Mas si el carmesí es el color del melodrama, hay que decir que, Profundo Carmesí, la película, es de un carmesí intenso: los elementos melodramáticos, uno a uno, están presentes. Para empezar, las actuaciones, particularmente las femeninas, están llenas de estereotipos en vestuario y gestos: Coral es una típica mujer gorda, solterona, que guarda ilusión de romance con príncipes azules; se siente la princesa encerrada en el castillo a la espera. Por eso aguarda el gran romance, manera figurada del matrimonio feliz con que terminan las vidas en las historias. Por la pantalla también desfilan la viuda católica, la mujer pobre-hermosa casada con un hombre adinerado que sólo la usa para ser admitido en los círculos sociales… También hay secretos, sobre todo el de Nicolás, quien en su correspondencia se hace pasar por un Caballero Español, artimaña para llegar a la vida de mujeres solitarias y aprovecharse de ellas.

Incluso visualmente, encontramos también claves de los melodramas: la iluminación, los colores ocre, las gamas de café, la presencia del rojo carmesí en objetos y vestuario, los accesorios aterciopelados en collares y plumas (tan usados en el cine de antes de los cincuenta como metáfora de la exhuberancia del cuerpo femenino). Y también mucho humo; porque los personajes son tinieblas.

Pero, a pesar de todo este andamiaje aterciopelado carmesí, la película de Ripstein no es un melodrama de la manera tradicional. Diría que el carmesí del director mejicano es aquí un Profundo Carmesí, donde las dimensiones humanas, los conflictos entre el deseo y la realidad son las coordenadas que propician una visión profunda, elaborada, calada, sesuda de los personajes. Coral y Nico se encuentran y comparten una vida; no son víctimas del destino; no se trata del niño abandonado ni de la mujer pobre que se enamora del hombre rico: se trata de dos seres humanos, ni buenos ni malos, sumidos en la contradicción, pero que ante ella han tenido la libertad de elegir, de diseñar juntos un destino. Él, experto en seducir a mujeres solas, nunca ha sido fruto del amor de nadie; y esto es lo que encuentra en Coral: una mujer dispuesta a elaborar de su propio cabello un bisoñé para él. Del otro lado, Coral ha encontrado a alguien que se sumerge con ella en un proyecto, y en su realización, encuentra el reconocimiento; se ha enterado de que vale para alguien.

Podríamos cuestionar las maneras como el amor va alcanzando la obsesión, y cómo las personas que van surgiendo alrededor de ellos pierden el dinero, las pertenencias o la misma vida. Esta historia, basada en un hecho real, nos pone ante unas dimensiones de lo humano que franquean los límites, que hacen preguntas a la racionalidad tradicional, a los esquemas sociales y a las formas diplomáticas que nos hemos inventado para entendernos. Pero, sobre todo, nos recuerda que el amor es irracional. De ahí las palabras contundentes del director: "Me importa el lado oscuro del corazón de los hombres y la conciencia negra". Sí: encontramos en Ripstein un autor capaz de darnos cuenta de lo humano en una de sus facetas esperpénticas, miradas con el cuidado suficiente de no pasarle cuenta de cobro a sus protagonistas por las estrategias con las que rompen el vínculo social.

Revisitado, este perfume Profundo y Carmesí me ha recordado que el cine es una excelente manera de pensar en nosotros, en lo humano, mientras lo humano se sucede y se ve en la pantalla. Y en nuestra mente. Y en nuestro olfato.


Fuentes de referencia

Ernesto Saucedo, Entre la cámara y la tinta. 2007.
Jesús Martín-Barbero. Pretextos. Conversaciones sobre la comunicación y sus contextos. 1995.
Umberto Eco, Apocalípticos e Integrados. 1964.
Wikipedia.org


Ficha técnica

Profundo carmesí (México-España-Francia, 1996):Dirección: Arturo Ripstein, Asistentes de Dirección: Iván Ávila y Edmundo Díaz, Producción: Pablo Barbachano y Miguel Necoechea [México]; José María Morales [España]; Marin Karmitz [Francia]; productora ejecutiva: Tita Lombardo; administrador de la producción: Puy Oria. Guión: Paz Alicia Garciadiego, Fotografía: Guillermo Granillo, Diseño de Producción: Mónica Chirinos, Marisa Pecanins, Macarena Folache y Patricia Nava; decorados: Antonio Muño-Hierro, Vestuario: Mónica Neumaier, Edición: Rafael Castanedo, Sonido: Antonio Betancourt, Gabriel Romo, Carlos Faruelo y Eduardo Valverde ,Música: David Mansfield ,Reparto: Daniel Giménez Cacho, Regina Orozco, Marisa Paredes,Verónica Merchant, Julieta Egurrola, Patricia Reyes Spíndola, Rosa Furman.



Noviembre de 2007

Hable antes de pensar

Versión 1.3



“Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen armadura, decimos...”
José Saramago, Ensayo sobre la ceguera


Muchas veces nos hemos preguntado cómo se hace un ensayo; en la universidad esta pregunta se intensifica porque la academia parece haber adoptado este género por antonomasia. Sin embargo, pocas son las respuestas claras dicha cuestión. Como intento de acercamiento inicial, en este texto se procura un ejercicio metacognitivo en el cual el autor va a hablar consigo mismo en voz alta sobre las decisiones tomadas conforme avanza en la escritura de el texto (que es tanto como decir conforme avanza en la concepción de la idea misma). Con ello se propone, no tanto decir cómo se debe hacer un ensayo, sino ensayar a elaborar uno. Por lo tanto, no es éste un trabajo que adopte la consabida sentencia “piense antes de escribir”, sino que asume, por el contrario, que el desarrollo de una idea (la materia prima del pensamiento) requiere de la escritura para estructurarse y ser posible. Dicho en otras palabras, que como una idea no es tal hasta no ser escrita, en este ensayo (y se sugiere que en todos) se escribirá antes de pensar.

Con el anterior párrafo, creo haber logrado ambientar la situación; ahora sigue señalar el problema específico del que se va a tratar el texto. Dicho problema ya ha sido esbozado en el primer párrafo, pero aquí debe explicitarse más aun. Me propongo entonces discutir la expresión Piense antes de hablar-escribir. Quienes dicen esto asumen que, teniendo en cuenta lo inexacto de las palabras, vale más no gastárselas, sobre todo si la consecuencia de usarlas es herir a alguien (el pez muere por la boca, se dice). Mas para quienes reflexionamos sobre la comunicación humana, si bien validamos perfectamente un pensamiento como ése, no podemos dejar de advertir ciertos errores a los cuales nos puede inducir. Por eso voy a arriesgar –de una vez- la siguiente tesis: (al menos en ocasiones) es mejor hablar 0 escribir antes de pensar. Ahora bien, como me han dicho que después de reconstruir el contexto debo enunciar la tesis, he decidido resaltarla en negrilla, a fin de que mi lector identifique claramente cuál es mi postura frente a los asuntos señalados en los párrafos precedentes. En adelante, se trata de defender argumentativamente esa tesis. Entremos en materia.

Para entender el porqué de esta tesis, debo considerar en primer lugar, que el lenguaje no es sólo un conjunto de etiquetas para nombrar cosas que pre-existen a él. Por el contrario, la noción de lo que existe se organiza en nuestro pensamiento gracias al lenguaje, pues éste provee a las constantes sensaciones que a diario procesan nuestros sentidos una serie de estructuras culturales dotadas de significación. El lenguaje permite ordenar, crear categorías, clasificaciones, definiciones, nociones, códigos de uso, etcétera. Las implicaciones de esta afirmación son bastante significativas para nuestro propósito, pues vistas así las cosas, pensar es en sí mismo un acto de lenguaje. En efecto, no sabemos qué es un árbol por fuera del lenguaje, sólo podemos dar cuenta de él, y conceptuar sobre las ideas que están relacionadas (ecología, ambiente, papel, oxígeno, sombra, hojas, frutos, etcétera) desde el lenguaje.

Me devuelvo ahora a la tesis y me pregunto si con el anterior párrafo sí habré logrado un primer argumento. Parece que me falta algo de precisión, así que agregaré lo siguiente: en la afirmación “piense antes de hablar” puede haber implícito un subtexto peligroso: que el pensamiento y el lenguaje suceden en momentos diferentes. Pero cualquier ser humano puede comprobar cómo al pensar silenciosamente lo que está haciendo es articular palabras. Con esto podemos mostrar que el pensamiento y el lenguaje no suceden en momentos diferentes, y por eso no procede sugerir primero una acción (pensar) como pre-requisito de la otra (escribir). Ése es mi primer argumento.

Hay un segundo supuesto en esa afirmación; al rebatirlo llegaremos a nuestro segundo argumento. Ese segundo supuesto es el pensar que el lenguaje tiene sólo un carácter expresivo. Es decir, que éste llega después de que la idea ha sido producida y que su objetivo es lograr que otros la conozcan. Entendidos así, las palabras y los procesos de comunicación no serían más que un sistema de publicidad donde se anuncian cosas. Por el contrario, sabemos que el lenguaje y la comunicación no son lo mismo, aunque la mayor parte del tiempo están juntos. Dicho en otras palabras: enunciar y anunciar son acciones diferentes. Hablar es un acto lingüístico en el cual se articulan unos sonidos que reproducen un mensaje. Si bien en la afirmación piense antes de hablar (o escribir) lo que se quiere es evitar que se digan cosas sin sentido, o que, como se dijo al principio, puedan herir a alguien, bajo ella -no obstante- subyace la idea de que el lenguaje aparece cuando la idea ya está concebida. Y, según nuestro primer argumento, esto no es posible. Porque pensar es, en sí mismo, navegar en el lenguaje.

Finalmente, habría que llegar a una tercera razón, esta vez de carácter más práctico. Cuando escribimos, tanto como cuando hablamos, las palabras empiezan a producirnos sentido. Sin escucharnos no sabríamos siquiera qué estamos pensando… porque ni siquiera estaríamos pensando. Todos hemos comprobado que muchas ideas se nos ocurren mientras hablamos. En una conversación, por ejemplo, vamos diciendo cosas que se nos ocurren, y cuando nos las escuchamos, o cuando vemos la reacción que ante ellas toman otros, percibimos nuevos matices de esa idea que la enriquecen. Por lo tanto, si yo siempre me quedo en silencio tal vez ni siquiera me escuche a mí mismo. Igualmente, mientras escribo, cada nueva palabra va sugiriendo una nueva idea, y otra, y otra… en una sucesión que se prolonga conforme voy escribiendo-pensando. Si yo me detuviera siempre a pensar antes de escribir, difícilmente me sentaría a hacerlo. Porque (y esto vale como una idea adicional a la tesis) escribir y hablar son también un impulso.

Es decir, en ocasiones escribimos sólo por escribir o hablamos sólo por hablar. Y no es correcto pensar que esto está mal. Por el contrario, incorrecto sería que yo me encontrara con un amigo a quien no veo hace mucho tiempo, y le exigiera una forma de hablar coherente, organizada, sistemática… Todos sabemos que gran parte del placer de conversar proviene de la posibilidad de hablar de cualquier cosa en cualquier orden –el orden de las ocurrencias, por ejemplo-.

En lo oral esto se permite, aunque en lo escrito debemos tener unos límites. Un lector promedio espera de cualquier escritor un mínimo orden en lo que escribe. Pero lograr ese orden no debe implicar ser aburrido, o perder el impulso. Esa idea me proviene de mi experiencia de lectura con William Ospina, Fernando González, Estanislao Zuleta, Andrés Caicedo o Gonzalo Arango (para poner ejemplos cercanos). En la mayoría de sus textos yo tendría dificultades para extraer de ellos un mapa conceptual exactamente bien categorizado, pues su escritura es espontánea, y no parece obedecer a lógicas lineales. Pero eso no impide que mi lectura sea amena. En realidad, me divierto leyéndolos porque su escritura tiene el orden de las ocurrencias. Si fuesen escritores rigurosos en sus estructuras, tal vez serían menos divertidos de lo que han sido hasta ahora para mí.

Éste fue el último argumento. Hasta ahora he dicho que una afirmación como “piense antes de hablar o de escribir” es válida, si se consideran algunas condiciones. Y que de la comprensión de esas condiciones se desprende que, en ocasiones, es mejor “escribir antes de pensar” porque la escritura y la conversación le dan más posibilidades a la creatividad.





Carlos Andrés Arango,
Octubre de 2006.
carlosarangol@yahoo.es

Ensayos y Errores

Imágenes preliminares para descubrir de qué hablamos cuando hablamos de un
ensayo en la universidad
Versión 1.0


Por
Carlos Andrés Arango

Larga es la historia de preguntas sobre qué es y cómo debe elaborarse un ensayo. Dicho historial es particularmente importante en la academia pues dada su misión como difusora y constructora de conocimiento el género del ensayo es uno de los que más se acomodan a su propósito. Sin embargo, es importante precisar varios asuntos antes de indicar cuáles son las partes que componen un ensayo. Para empezar, se hace imprescindible decir que el ensayo es lo que se podría denominar un género mayor, es decir, uno al que se llega luego de haber logrado vastas experiencias con un tema; y aquí “experiencias” incluye lo visto, lo vivido, lo leído y, desde luego, lo escrito. También es justo señalar que un ensayo siempre se hace a partir de algo, bien sea una película, un libro, una situación o un problema social determinado, y sobre todo, que el soporte no es sólo el papel: muchas veces vemos documentales, intervenciones artísticas, largometrajes, manifestaciones orales o pictóricas que se constituyen como ensayos en la medida que asumen una posición argumentada frente a algo. Y esto último es, justamente, lo que marca la frontera entre el ensayo y cualquier otro género discursivo: hablamos entonces de ensayo cuando en el texto (en el sentido amplio de esta palabra) se puede evidenciar una visión explícita y argumentada frente a algún tema.

En esa medida, si bien hay muchas maneras de asumir dicha posición, de ensayar, para efectos de la dinámica universitaria es ampliamente recomendable proponer una estructura básica para el ensayo. Así las cosas, habría por lo menos tres momentos clave en la configuración del propósito de ensayar: Tesis, Desarrollo y Conclusión; en otras palabras, una ubicación de lo que se va a hablar y una referencia muy precisa de qué punto de vista se asume frente a eso, luego la demostración de por qué se piensa lo que se piensa, y finalmente una conclusión donde se sintetice lo dicho. En Periodismo hay una aforismo que sirve para expresar esto mismo con otras palabras: primero anuncie al lector qué le va a decir (tesis); segundo dígaselo (desarrollo); tercero, recuérdeselo (conclusión o cierre). Llegados a este punto es preciso explicar brevemente en qué consiste cada parte.

En primer lugar, la Tesis es un enunciado breve y contundente que define la posición del autor frente a la materia de la que habla el escrito. Para efectos didácticos, conviene que la tesis esté al inicio; esto porque al estudiante se le facilita mucho más saber de qué está hablando. Ello no obsta para que grandes escritores hayan logrado ensayos imprescindibles con tesis implícitas. Pero si bien a los estudiantes les incomoda la indicación de la tesis al principio, en realidad esto les facilita a ellos la escritura, y al docente la revisión del texto.

En un sentido general, hay varios tipos de tesis. Uno de los más recurrentes en el ensayo universitario es el de la manifestación de acuerdo o desacuerdo total o parcial frente a algunas de las tesis, hipótesis o argumentos del libro o documento sobre el que se basa el ensayo: "Las ideas expresadas por Riso en Amar o Depender son plenamente coherentes con las perspectivas actuales de la psicología cognitiva. En este ensayo nos proponemos demostrar por qué”. En el mismo caso, la tesis podría afirmar lo contrario, es decir, que según la perspectiva asumida en el ensayo, “Las ideas expresadas por Riso en Amar o Depender son plenamente incoherentes con las perspectivas actuales…”. Debe notarse que, en ambos casos, la tesis tiene las siguientes características: breve, contundente, afirmativa, propositiva, y, ojalá, polémica. También es importante aclarar que en la valoración del trabajo del estudiante no debe importar tanto la tesis como el desarrollo – argumentación de la misma. Tema complicado: un ensayo es personal, invita a la opinión; pero en un sentido riguroso, la opinión no puede calificarse. En el ejemplo citado, no se trata tanto de si el docente está de acuerdo o no con que las ideas de Riso sean o no sean coherentes con la psicología cognitiva, pues ello llevaría a otra discusión; más bien lo que interesa es el talento del estudiante para defender una u otra postura.

Otro tipo de tesis puede ser la condicional. En ella, el estudiante afirma su acuerdo con algún planteamiento del libro, pero bajo determinadas condiciones, que a su parecer, deben quedar claras. Esa tesis podría formularse así: “Las ideas expresadas por Riso son válidas si y sólo si se tienen en cuenta los nuevos postulados del Congreso de Psicología Conductual realizado en Cartagena el año pasado según los cuales…”. Aquí el autor matiza su adherencia a determinados puntos de vista. Tesis como la anterior guardan un espíritu crítico, al igual que en las tesis de analogía o comparación, en la cual el autor del ensayo propone nuevas interpretaciones de las ideas del autor de base a partir de realizar intertextos con otros autores: “Las ideas expresadas por Riso son necesarias en el actual estado de la psicología cognitiva y se asemejan bastante a lo que en otros ámbitos de la psicología han realizado autores provenientes de otras corrientes”.

Dado que lo importante de la tesis es manifestar explícitamente el punto de vista de quien escribe, es imprescindible retomar algo del contexto antes de formularla; o sea, decir de qué película, libro, tema, autor, investigación, caso… se está hablando. Así, se permite la ubicación del lector en el entorno temático y temporal del ensayo y del ensayista.

Seguramente hay muchos tipos de tesis, pero lo más importante es que quien elabora el ensayo sea consciente de que luego de haberla explicitado sigue la tarea de argumentarla, desarrollarla y/o defenderla. Veamos.

La segunda parte del ensayo es el Desarrollo. En él, el autor tiene la tarea de defender la tesis a través de construcciones retóricas que se denominan argumentos. Un argumento es una razón que explica una proposición. Si alguien propusiera (tesis) que debe acabarse con la división de zonas para fumadores, es decir, que cualquier persona pudiese fumar en cualquier parte a cualquier hora, lo mínimo que podría hacer es argumentar por qué considera necesaria esta medida. Quienes sostengan la idea contraria, es decir, continuar con la separación de zonas para fumadores y no fumadores, también deberán esbozar sus argumentos. Por lo anterior, el ejercicio del debate pasa por el de la argumentación; de ahí que el ensayo, de un altísimo nivel argumentativo, sea el género preferido en los círculos académicos, pues exige la racionalización de las ideas propuestas.

Existen muchos tipos de argumentos, pero tres de ellos son los más adecuados a los propósitos de la escritura universitaria. En primer lugar, el argumento de autoridad; en él, se citan a autores reconocidos en la materia para ayudar a defender la tesis. Un argumento de autoridad de alguna manera facilita trabajo, pues basta con citar una buena fuente; pero exige cuidado pues muchas veces las citas traídas del autor no están suficientemente relacionadas con la tesis. Por eso debe recordarse que la tarea de cada argumento es defender la tesis, la proposición central. Siguiendo el ejemplo, si se escribiera “Las ideas manifestadas por Riso en Amar o Depender son coherentes con la psicología cognitiva porque según Zuleta `cada día la psicología gana más fuerza en el entorno organizacional`” habría una inconsistencia entre la primera y la segunda afirmación. Puede que la cita sea verdad, pero no explica la tesis. La clave para entender que algo es un argumento es el conector “porque”; si entre la tesis y el argumento cabe dicho conector, y sobre todo, si lo segundo explica, sustenta, defiende lo primero, se puede hablar de un proceso de argumentación eficaz. Los argumentos de autoridad se “caen” fácilmente por errores como inconsistencia o ausencia total de fuentes referenciales, por la poca actualidad del autor citado, o por inconsistencia entre la tesis formulada y la postura epistemológica e ideológica del autor citado.

Otro tipo de argumentos es el de ejemplo, el cual explica la tesis a partir de un ejemplo real con el cual se pretende dar validez a lo propuesto. El objetivo de este tipo de argumentos es mostrar la manera como la teoría es vista en la realidad. Así la tesis que hemos tomado como ejemplo podría sustentarse con cifras, estudios, o casos documentados donde pudieran verificarse las condiciones de posibilidad de la tesis: “Las ideas propuestas por Riso son válidas para la psicología cognitiva porque cada vez se evidencia que el apego es una de las problemáticas que más inquietan a los pacientes en el proceso de consulta psicológica. Un estudio reciente de la Academia Colombiana de Psicología así lo demuestra…”. Este tipo de argumentos puede fallar por la falta de precisión en el origen de los datos, así como en la falta de acomodación entre estos y la tesis.

Finalmente, hay argumentos de analogía o silogismo. Si bien desde el punto de vista de la lógica y la retórica se trata de argumentos diferentes, en ambos subyace una mismo propósito: encontrar en otros campos distintos al tratado, o en otras zonas geográficas, o incluso en otras épocas, aspectos del asunto analizado que si bien presentan diferencias con el tema que es materia del ensayo, contienen aspectos que pueden servir para comprenderlo mejor. En una tesis como “Las interacciones con los compañeros de trabajo son decisivas no tanto porque afecten la forma como la información fluye, sino porque se convierten en plataformas de consolidación de comunidades de sentido que permiten o impiden la proyección psicológica del individuo”, bien podría utilizarse un argumento como “Y ello se puede verificar en la manera como los indicadores de productividad se alteran al cambiar dichas condiciones. Un estudio de la OIT mostró que en 1970 una gran cantidad de trabajadores encontraban en la hostilidad de las relaciones con sus compañeros uno de los factores dificultadores de su rendimiento. Para nadie es un secreto que cada vez más los cargos exigen más interacción con más personas; y si en 1970 se hablaba de ello, con mucha más razón debe hacerse hoy”. Nótese cómo al final de este argumento se infiere de una información ya dada (el estudio de la década del setenta) conclusiones para un tiempo actual. En ello consiste la analogía o silogismo.

Luego de expuesta la tesis y los argumentos, viene la conclusión o cierre. Ahora de lo que se trata es de reafirmar o refutar, bien la tesis completa, o una parte de ella. La conclusión no es otra cosa que la misma tesis, pero esta vez a manera de síntesis, pues debe recoger lo grueso de cada argumento. Es el momento del balance, y por eso también debe indicar qué nuevas perspectivas temáticas, investigativas, o de discusión, deberían seguirse: “Dadas las condiciones de la psicoterapia actual, conviene reconsiderar especialmente el tema del apego, pues dado que éste es uno de los motivos de consulta más frecuentes, el psicólogo habrá de estar preparado para comprender cómo su paciente ha organizado sus relaciones afectivas y qué papel juega el apego en ellas. En ese sentido, las ideas expuestas por Riso en Amar y Depender son coherentes con las actuales perspectivas de la psicología cognitiva”.

Con estas referencias no pretende agotarse el tema, sino dar pautas para comprender qué es un ensayo; y está claro que éste no es otra cosa que un intento. Pero lo más importante del intento está en el desarrollo, en la manera como se va organizando la información para cumplir con un propósito. Y si esto es así es porque en la academia lo que se busca es que el estudiante consolide sus procesos de construcción de pensamiento; la escritura es uno de los mejores indicadores de cómo está pensando una persona. Al decir de Pascal, “A ideas claras, escritura clara”. Cuando se olvida esto, los estudiantes tienden a negar la nota (generalmente baja) del profesor a su ensayo, diciendo que sacaron mala nota pues no pensaron igual que el docente. De otra parte, los profesores suelen hacer énfasis en la información traída por el estudiante en su ensayo, más que en la forma como ésta fue utilizada en la construcción de argumentos.

Por eso es recomendable una serie de pautas para la “didaxis del ensayo” en el aula de clase. Lo mejor es no poner la totalidad del trabajo para una fecha, sino adjudicar plazos para entregas parciales; en una la elección del tema, en otra la búsqueda de información complementaria, en otra las propuestas de tesis, en otras la elección de argumentos, luego una versión preliminar, y luego una versión definitiva. En este proceso se aprende mucho más. Otra recomendación es estimular la interlecutra e intercorrección entre estudiantes y profesor. Estrategias como la lectura en voz alta son excelentes para que el estudiante cobre consciencia sobre su propio proceso. También ayuda que los indicadores de evaluación del texto estén disponibles con anterioridad, pues así el estudiante sabe qué será lo evaluado. Finalmente, es indispensable decir que los textos del profesor se pueden constituir en guía y estímulo para los estudiantes, pues estos al ver al docente inquieto, consultando, revisando, ampliando, su propio texto, tendrán más pistas para entender que la escritura es un proceso valioso, no tanto por los resultados, sino porque cuestiona la certeza: mientras que hablando nos mostramos muy seguro de lo que decimos, al momento de escribirlo sentimos que nos falta más información o simplemente más seguridad para decirlo.



Octubre de 2007